Evangelio del día

 

El tesoro y la perla
Mateo 13, 44-46. Tiempo Ordinario. El problema no es buscar el tesoro, sino saber dónde se encuentran los tesoros que Dios ha preparado para nuestra vida.
 
El tesoro y la perla
El tesoro y la perla
Mateo 13, 44-46


En aquel tiempo dijo Jesús a la gente: El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un comerciante en perlas finas, que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.

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Lunes 30 agosto 2010 1 30 /08 /2010 20:02
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Cada ser humano, de una raza o de otra, con o sin pasaporte, sano o enfermo, rico o pobre, tiene su nombre escrito en el corazón de Dios.
 
A la vera del camino
A la vera del camino



Un empresario triunfa. Otros fracasan. Un ingeniero asciende. Otros quedan marginados, quizá no llegan nunca a poner en práctica sus conocimientos. Un matrimonio “luce” entre familiares y amigos. Otros esposos quedan abandonados en una situación de pobreza extrema. Un hombre o una mujer conquistan los primeros lugares en las revistas del corazón. Otros hombres y mujeres viven carcomidos por frustraciones y angustias íntimas que nadie conoce.

A veces pensamos que así es la vida: una competición en la que unos destacan, vencen, gozan, mientras que otros (¿la mayoría?) quedan atrás, sucumben bajo el polvo de la enfermedad, de la pobreza, del desprecio (por errores reales o imaginados), de la depresión o la angustia.

En la gran marcha humana, miles y miles de seres humanos “aparcan” sus vidas a la vera del camino, como si no contasen, como si no fuesen importantes, como si sus cabellos (negros o blancos), sus rostros, sus arrugas o sus ojos tristes no tuvieran ningún lugar en una sociedad que exige, que impone, parámetros de belleza, de fuerza física, de bienestar económicos que pocos alcanzan.

Pero si nuestra mente sabe leer la realidad en su dimensión más rica y más completa, descubrirá que nadie vive a la vera del camino. Porque cada ser humano, de una raza o de otra, con o sin pasaporte, sano o enfermo, rico o pobre, tiene su nombre escrito en el corazón de Dios, vale infinitamente porque tiene su alma invitada a alcanzar el amor eterno.

Es a esta luz cuando descubrimos lo verdaderamente importante, lo noble, lo grande, entre los seres humanos. Porque no vale nada, para entrar en el Reino de los cielos, ganar puestos en Facebook o en las páginas de la prensa que dicen quién asciende y quién desciende.

Vale, en cambio, quien abre su espíritu al amor de Dios, quien se deja perdonar y perdona a su hermano, quien tiende la mano a quien se encuentra en la misma desgracia, quien descubre ese tesoro escondido (cf. Mt 13,44) por el que uno deja de lado las migajas de los aplausos humanos e invierte su corazón y toda su vida para llegar a poseerlo, ya en este mundo y, luego, para siempre, en el cielo.
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Miércoles 25 agosto 2010 3 25 /08 /2010 02:56
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Martes 24 agosto 2010 2 24 /08 /2010 02:46
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Lunes 23 agosto 2010 1 23 /08 /2010 02:45
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Domingo 22 agosto 2010 7 22 /08 /2010 02:42
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Sábado 21 agosto 2010 6 21 /08 /2010 02:37
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Viernes 20 agosto 2010 5 20 /08 /2010 02:32
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Jueves 19 agosto 2010 4 19 /08 /2010 02:30
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Miércoles 18 agosto 2010 3 18 /08 /2010 02:27
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Agradezco a Dios por mi cumpleaños # 37.

Bendito seas mi señor Jesús.

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Martes 17 agosto 2010 2 17 /08 /2010 07:01
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El amor de Cristo es que no tiene límites. Él nos amó con sus palabras, con sus manos, con sus gestos, con sus actitudes.
 
Jesús nos amó hasta el final
Jesús nos amó hasta el final


Jesús nos amó hasta el final, dio la vida por nosotros. “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13,2).

Una de las características del amor de Cristo es que no tiene límites. Él se rompió amando, con sus palabras, con sus manos, con sus gestos, con sus actitudes. En aquella tarde, Jesús amó a los suyos como nadie los había amado hasta entonces, los amó, hasta el límite, hasta el fin, hasta el extremo, hasta dar la vida. Jesús demostró este amor al otro en el servicio y en el estar atento en las cosas pequeñas. “Se levantó de la mesa, se quitó los vestidos y, tomando una toalla se la ciñó luego echó agua en la jofaina, y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a enjugárselos con la toalla que tenía ceñida” (Jn 13.5). Echar agua, lavar, secar los pies, era un oficio de esclavos. Y Jesús se convierte en esclavo, en servidor; se empobrece, se rebaja poniéndose a sus pies. Este servicio humilde y callado lo hizo Jesús con sus discípulos; quien no se deje lavar los pies por él, no tendrá parte en su reino.

Jesús fue un hombre especial, extraordinario en generosidad, bueno de verdad, que pasó haciendo el bien sobre la tierra y curando a los oprimidos por el mal, porque Dios estaba con él (Hch 10,38). Por eso Pablo aconsejaba a los cristianos como norma de vida: "Mantengamos fijos los ojos en Jesús" (Hb 12,2), para tener sus mismos sentimientos, para obrar como él. Fue enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres, a proclamar la liberación a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor (Lc 4,18-19). Él vino para los casos difíciles, para "salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,10).

Jesús fue un hombre bueno, con una bondad de calado profundo, de inversión de valores, de búsqueda de lo esencial. Lo radical de su bondad estaba en el hecho de su estar "a la escucha" de las necesidades de los otros. Él dio su vida por todos, su entrega fue total, él no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por todos (Mc 10,45). Nunca condenó a nadie, trató de salvar a todos, de dar vida y de ser vida y fuente de agua viva. Toda la vida de Jesús fue una donación al Padre y se entregó como precio de nuestra liberación. El “amarás a Dios con todo tu corazón y toda tu alma”, encuentra su nueva plenitud en la palabra y en vida de Jesús. Dios, para él, es el único bueno (Mc 10,18), el Padre amoroso (Mt 5, 45) que busca la oveja perdida (Lc 15,4-7), porque es un Dios que busca y acoge lo que se había perdido (Lc 15,2).

En sus enseñanzas repetía que lo más importante era buscar a Dios, su Reino, que no se preocuparan de lo demás. Mil veces invitaba a sus oyentes a no tener miedo, a no dudar, a creer de verdad (Jn 8,46). A todos les dio ejemplo de amor y el amor fue su único mandato. El amor se concretiza en las cosas pequeñas. Soñamos con lo imposible y no hacemos lo que está a nuestro alcance. “Atender a cosas aún menudas, y no hacer caso de unas muy grandes”, porque “quedamos contentas con haber deseado las cosas imposibles y no echamos mano de las sencillas” (7M 4,14).

San Jerónimo escribió un comentario a las cartas de Juan, donde dice que cuando a Juan le preguntaban sus discípulos cristianos, constantemente respondía: “Hijos míos, amaos los unos a los otros”. Cansados los discípulos de esa machacona insistencia, le preguntaron que por qué repetía tanto lo de “amaos”. Su respuesta fue bien sencilla: “porque éste es el mandamiento del Señor, y si lo cumplimos es suficiente”.

Efectivamente, quien comprende y experimenta lo que es el amor, no puede por menos de gritar como Francisco de Asís: Dios es amor, amor, amor. Dios es amor: quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (Jn 4,16) El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor (1Jn 4,8). Por eso insistía Juan: “Amigos míos, amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (1Jn. 4, 7). Esto mismo había encomendado Jesús a sus discípulos y les pide que se ayuden, se apoyen, se consuelen. Por eso Jesús insistirá: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros; igual que yo os he amado, amaos también entre vosotros. En esto conocerán que sois discípulos míos, en que os amáis unos a otros” (Jn 13,34-35).

Juan era un experto en la ciencia del amor, había comido junto a Jesús y había sentido el latir del corazón del Amado. En esto se ha manifestado el amor de Dios por nosotros, en que ha mandado a su Hijo unigénito al mundo para que nosotros vivamos por él (1Jn 4,9). Para Juan el amor es la piedra angular del reino de Cristo (Jn 3,16) y exhorta siempre a los hermanos al amor recíproco (2Jn 5,6). El amor de Dios se ha revelado en un acontecimiento histórico: el hecho de Jesucristo, que inaugura el tiempo de la misericordia divina. Este acontecimiento histórico, revelación única y suficiente de Dios manifiesta también que Dios no sólo ha amado y ama, sino que “es amor” (1Jn 4,8).

Juan aprendió muy bien la lección del amor, como lo más importante y como lo único que merecía enseñarse e insistir. La primera carta de Juan es una joya. De ella entresaco algunos pensamientos.
- El que ama a su hermano, ése es hijo de Dios (3,10).
- Quien ama a su hermano ha pasado de la muerte a la vida (3,14).
- Amar de verdad es dar su vida por el hermano (4,10).
- El que ama comparte sus bienes con el hermano necesitado (4,17).
- Amarnos es cumplir lo que Jesús nos mandó (3,23).
- El que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios (4,7).
- Nuestro deber de amar se funda en que Él nos amó (4,11)
- Si amamos al hermano, Dios permanece en nosotros (4,12).
- Amemos, ya que Él nos amó primero (4,19).
- Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve (4, 20).
- Si alguien ama a Dios, ame también a su hermano (4, 21).
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Martes 17 agosto 2010 2 17 /08 /2010 06:48
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Asunción de María: El que se humilla será ensalzado 15 de agosto de 2010

La Iglesia nos propone para esta fiesta de la Asunción de María la lectura del Magníficat, aquel himno entonado por la Santísima Virgen cuando salió a su encuentro su prima Santa Isabel. Hace bien en recordarnos ese pasaje de la vida de Nuestra Señora, porque en él está ya implícita la gloria que un día se le concedería a la Virgen elevándola en cuerpo y alma al cielo. El “proclama mi alma la grandeza del Señor” va seguido del “porque ha mirado la humillación de su esclava”. Dios siempre mira la humillación del que a sí mismo se hace pequeño, siervo, por amor a Él y por amor al prójimo. Esa es la primera lección a recordar en la solemnidad de hoy: no dudemos de que ninguna buena obra queda sin recompensa, aunque ésta pueda tardar un poco a veces.

Hay otra lección, importantísima, sobre la que meditar y con la que alegrarnos: la Asunción de María la coloca directamente en el cielo, junto a su divino Hijo. Desde allí, mejor aún que desde la tierra, puede llevar a cabo la tarea que Jesús le encomendara cuando ella estaba junto a Él, al pie de la Cruz. El “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, no ha sido olvidado nunca por María. Desde el Cielo ejerce de Madre nuestra, de abogada defensora, de consuelo de afligidos, de auxilio de cristianos, de salud de los enfermos. Alegrémonos por el honor que ha recibido nuestra Madre y por la tarea mediadora que continúa haciendo a favor nuestro. Y recordemos que estamos llamados a reunirnos con ella, cuando nos llegue la hora, porque sólo así ella –que tanto nos ama- y nosotros podremos ser felices para siempre.

Propósito: Recordar que el Señor no olvida el amor que ponemos al hacer las cosas. Recordar también que tenemos una Madre en el Cielo que intercede por nosotros.

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Martes 17 agosto 2010 2 17 /08 /2010 02:25
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Reflexión

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¿Después de la Ascensión, qué?
¡No podemos quedarnos mirando al Cielo! Ahora nos toca ser las manos y pies de Cristo.
 
¿Después de la Ascensión, qué?


Después de la Ascensión ya no va a ser Jesús el que anuncie la Buena Nueva. Ahora nos toca a nosotros, sus discípulos, hacerlo. Los Sacerdotes predicando(sobre todo)con la palabra, los laicos predicando(sobre todo) con el ejemplo, los padres de familia predicando con la palabra y el ejemplo.

Después de la Ascensión ya no va a ser Jesús el que compadezca a los pobres y lo enfermos. Ahora nos toca a nosotros.

Después de la Ascensión ya no va a ser Jesús el que multiplique los panes y los pescados para alimentar a las multitudes. Esa es ahora nuestra tarea, multiplicando nuestros esfuerzos para dar de comer sino a las multitudes, por lo menos a los pobres que podamos.

Después de la Ascensión ya no va a ser Jesús el que cuide a sus ovejas. Ahora nosotros tenemos que velar por ellas, especialmente por aquellas (el cónyuge, los hijos, los hermanos, los trabajadores) que Dios nos ha encomendado a cada uno.

Después de la Ascensión a nosotros nos toca ser la voz de Jesús para alentar y consolar. Sus manos para tenderlas a todo el que necesite ayuda. Sus pies para llevarlo a donde no lo conocen.

Después de la Ascensión:
¡No podemos quedarnos mirando al Cielo!

 

 


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