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Autor: Jorge Hidalgo
¿Qué es la Cuaresma?
¿Qué es la Cuaresma? ¿Cómo debemos los cristianos prepararnos a la gran fiesta de la Pascua?
 
¿Qué es la Cuaresma?
¿Qué es la Cuaresma?
¿Qué es la Cuaresma? ¿Cómo debemos los cristianos prepararnos a la gran fiesta de la Pascua? Descubre a través de esta producción radiofónica (descargable en formato podcast), cómo podemos recuperar el verdadero sentido de la vida como hijos de Dios. Vive este tiempo de reflexión, penitencia, preparación y conversión, como un camino hacia Jesucristo. Acompañado de esta fantástica serie prepárate para vivir la cima del año litúrgico. Conviértete y vuelve a Dios Padre; él te espera con los brazos abiertos. Los interesados en suscribirse al Podcas 40 días para vivir con mayor fruto la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo mediante la conversión del corazón, dar un click aquí.


Autor: J. Lligadas
| Fuente: mercaba.org
¿Qué hacer en la Cuaresma?
Se trata de consolidar la fe y la vida cristiana, de darle impulso
 
¿Qué hacer en la Cuaresma?
¿Qué hacer en la Cuaresma?

Desde luego las cosas han cambiado. Las abstinencias de los viernes, por ejemplo, resultan a menudo poco significativas. Y los pequeños o grandes sacrificios no tienen muy buena prensa, y además no se sabe exactamente para qué sirven y si tienen suficiente sentido.

Pero a pesar de que las cosas hayan cambiado, las palabras que se nos dirán durante los días de Cuaresma seguirán siendo llamadas a hacer de este tiempo un tiempo "especial", un tiempo con entidad propia. Un tiempo para consolidar la fe y la vida cristiana, un tiempo para que la celebración central de la Pascua nos encuentre un poco más cristianos.

Habrá que plantearse, por tanto, qué debemos hacer en este tiempo de Cuaresma, cómo debemos vivirlo.


El sentido de este tiempo

La Cuaresma es el tiempo de preparación de la Pascua. En su origen, lo que lo caracterizaba de modo peculiar era el hecho de ser el tiempo de preparación más directa e inmediata de los que querían recibir el bautismo, que se celebraba en la Vigilia pascual.

Asimismo, era el tiempo en que los pecadores -los que habían actuado rompiendo de forma decisiva la comunión con Dios y la Iglesia- hacían penitencia para ser reconciliados el Jueves Santo y poder celebrar de nuevo la Pascua con toda la comunidad. Nosotros, ni tenemos que bautizarnos ni -probablemente- somos pecadores que hayamos roto decisivamente la comunión con Dios y la Iglesia. Pero sin embargo el sentido de nuestra Cuaresma no debería estar muy lejos del que tenía para los que se preparaban para el bautismo o la reconciliación.

Porque sin duda es importante que, durante un tiempo concreto del año, nos digamos a nosotros mismos: "Yo fui bautizado, yo llevo en mí la marca de Jesús, yo estoy sumergido en su vida nueva. Todo eso, ¿se nota realmente? ¿no debería notarse más? ¿en qué podría notarse más?". Y decirnos también: "Desde luego mi vida no está exenta de infidelidades. ¿Soy consciente de ello? ¿Soy capaz de ponerme ante Dios y pedir perdón?" La Cuaresma es el tiempo de preparación para la Pascua. Durante los días de la muerte y la resurrección de Jesús, y durante la cincuentena que les sigue, fijaremos nuestros ojos en el camino nuevo que Jesús nos ha abierto con su fidelidad, y daremos gracias. Pero para que ello sea auténtico y verdadero, por nuestra parte, por parte de nuestro modo de vivir, deberemos llegar a la celebración pascual habiendo reforzado el seguimiento de este camino nuevo: habiendo renovado la fe y el compromiso de nuestro bautismo, y habiendo caminado hacia la reconciliación con Dios. A eso nos invita la Cuaresma. Sin pretender en la mayoría de los casos grandes cambios espectaculares en nuestra vida -¡bastante conocemos nuestras limitaciones!-, pero sí esforzándonos para que este tiempo no pase como si nada.


¿Cómo hacerlo?

Se trata de consolidar la fe y la vida cristiana, de darle impulso. Eso puede parecer quizá muy general pero conviene recordarlo. Debemos decirnos a nosotros mismos que somos cristianos, que queremos serlo más, y que creemos firmemente que Jesucristo ha abierto en medio de nuestra historia el único camino que es absolutamente valioso. Y debemos mirar nuestra vida, hacer examen de conciencia, descubrir con limpieza de corazón qué nuevos pasos podríamos quizá dar.

Es necesario, asimismo, que los sacerdotes y demás responsables de las comunidades sepan ofrecer elementos que ayuden a esa consolidación e impulso. Por ahí debe andar la predicación de los domingos, por ahí deben ir los actos extraordinarios que acostumbran a organizarse en este tiempo (sea de forma global o acercándose a algún aspecto concreto).

Pero puede haber también algo más: algunas actuaciones peculiares que nos indiquen que nos encontramos en un tiempo peculiar. Lo que antes era la abstinencia o la no asistencia a espectáculos.

Tradicionalmente, y en el mismo evangelio, se señalan tres actuaciones concretas: la limosna, la oración y el ayuno. El Miércoles de Ceniza leemos precisamente el fragmento del evangelio de Mateo (6,1-18) en el que Jesús habla de las tres. Valora esas prácticas, pero señala también el sentido que deben tener para que sean valiosas: no debe ser algo que se hace porque toca o para quedar tranquilo, sino que tiene que salir de dentro, tiene que ser la expresión del deseo de renovar la fe y la vida cristiana.


¿Qué significa, ahora, la limosna, la oración y el ayuno? ¿Cómo pueden vivirse cuando estamos ya en el siglo XXI?


- La limosna

La limosna es dar dinero a los que pasan necesidad.

Lo cual sigue teniendo actualmente -y más aún en momentos de crisis económica- todo su valor. Si bien la mendicidad de la calle provoca normalmente desconfianza, en cambio sí que hay que plantearse seriamente, con motivo de la Cuaresma, nuestra propia aportación a las acciones de servicio a los necesitados: Cáritas, Tercer mundo, o cualquier otra. Teniendo en cuenta que, si es verdad que todos sufrimos las consecuencias de la crisis, también lo es que unos las sufren mucho más que otros...

La limosna tiene también otro nivel: la limosna de tiempo. Es decir, el dar una parte del propio tiempo como servicio para alguien que lo necesite: sea ayudando a una persona que vive sola, o visitando a un enfermo o a través de alguna institución que pida voluntariado. Y también, ayudando en campañas de sensibilización y otras actividades semejantes. Finalmente, está también un tercer nivel: el que se refiere a las causas de la pobreza y de la desigualdad social. Limosna será también trabajar para que esta sociedad y este sistema cambien, de modo que no aumente cada vez más la separación entre los que tienen y los que no tienen. Lo que significa plantearse y actuar en la organización económica, social, política. Por lo menos, si no hay otras posibilidades, permaneciendo atentos, informados, sensibilizados ante el tema.


- La oración

La oración, el espacio de silencio ante Dios, es un elemento decisivo para reforzar por dentro la fe y la vida cristiana. Habría que buscar, en esta Cuaresma, momentos para hacer presente ante el Señor nuestras ansias y esperanzas de cada día, nuestra petición de ayuda y de perdón, nuestro deseo de fidelidad al Evangelio. Dependerá de las posibilidades de tiempo y de tranquilidad de cada uno, pero en cualquier caso habría que esforzarse por encontrar esos espacios.

Otra forma muy útil de oración consiste en la lectura de los evangelios, o de los salmos. Eso también dependerá, claro está, de las posibilidades de cada uno. Pero, por ejemplo, uno podría proponerse leer durante esta Cuaresma el evangelio de Marcos: se trata de un texto fácil de leer, ágil y vivo, y constituye un buen acercamiento a la persona de Jesús.

Finalmente, otro buen propósito para este tiempo sería la participación en la Eucaristía diaria (todos los días o algunos).


- El ayuno

Este apartado es sin duda el más complicado de los tres. Para muchos, resulta difícil encontrar qué sentido tiene privarse de cosas -de comida, de ir al cine, o de lo que sea- simplemente por motivos religiosos, "para agradar a Dios" o para pedir su benevolencia hacia nosotros.

Sin embargo, no sería ningún progreso, ni humanamente ni cristianamente, abandonar sin más la práctica de la privación voluntaria. Porque vivimos en una civilización que funciona teniendo como ídolo el consumo, la facilidad y el confort, y que como consecuencia anula la capacidad humana de esfuerzo, de creatividad, de búsqueda. De modo que resulta especialmente importante combatir ese ídolo, para que los hombre podamos seguir siendo hombres, y para que los cristianos podamos seguir siendo cristianos. Es decir, para que podamos seguir afirmando que los valores más importantes no son el tener y el ir tirando, sino el caminar, el ser persona, el amar. Para que podamos seguir diciendo, en definitiva, que el valor más importante es Dios.

El combate contra ese ídolo se realiza por medio de la privación voluntaria: diciendo que me niego a consumir todo lo que esta civilización me ofrece y para ello me privo, por ejemplo, de un rato fácil ante el televisor, o me privo de comprarme ese vestido, o me privo de aquella comida.

Y ello, en primer lugar, como signo y recuerdo del valor más alto que me sostiene, que es Dios (y por eso, el ayuno que tradicionalmente la Iglesia observó con mayor fuerza y que ahora convendría recuperar, es el que se celebra en expectación de la mayor revelación de Dios, la Pascua de Jesucristo: el ayuno que va desde la celebración del Viernes a la Vigilia pascual). Luego, como protesta personal contra la absolutización del consumo y de la facilidad. Finalmente, como forma de cultivar los valores que deben fundamentar mi vida, sea teniendo más tiempo para orar o para leer o para hablar con los de casa, sea dedicando el dinero que no gasto a alguna causa de servicio a los demás.

QUÉ HACER EN LA CUARESMA
J. LLIGADAS
BARCELONA 1989/Pág. 7 ss.




mail1.jpg Si tienes alguna consulta utiliza este enlace para escribirle al P. Pedro Mereu SDB, especialista en dirección espiritual a través de internet








Autor: Regine du Charlat | Fuente: www.usem.org.mx
¿Cómo vivir la cuaresma?
Cuarenta días, cuarenta noches: la palabra Cuaresma se deriva de «cuarenta». En sí, esta palabra recuerda los cuarenta años pasados por el pueblo hebreo en el desierto, entre la salida de Egipto opulento y la entrada a la tierra prometida...
 
¿Cómo vivir la cuaresma?
¿Cómo vivir la cuaresma?


Tiempo de preparación para la Pascua


Religiosa y teóloga
Fuente: Croire Aujord-hui
n° 150. marzo de 2003.


Cuarenta días, cuarenta noches: la palabra Cuaresma se deriva de «cuarenta». En sí, esta palabra recuerda los cuarenta años pasados por el pueblo hebreo en el desierto, entre la salida de Egipto opulento y la entrada a la tierra prometida (cfr. libro del Éxodo); pero también los cuarenta días y cuarenta noches de la peregrinación de Elías, hasta la montaña de Dios en el Horeb (I Reyes 19, 8); y los cuarenta días pasados por Jesús en el desierto, a donde fue llevado por el Espíritu después de su bautismo, antes de emprender el camino de predicar la Palabra de Dios (Mateo c. 4).

Nos prepara a la Pascua

Desde los primero tiempos de la Iglesia, la Cuaresma es esencialmente el tiempo de preparación para la celebración de la Pascua y, por la misma razón, el tiempo de preparación de los catecúmenos para recibir el bautismo.

Pero son los textos del Evangelio quienes estructuran la liturgia de la Cuaresma: las tentaciones de Jesús en el desierto, el ciego del nacimiento, el diálogo con la Samaritana y la resurrección de Lázaro señalan el recorrido de iniciación cristiana propuesto a todos los que serán bautizados en Pascua, y también a todo bautizado en memoria de su bautismo.

Darnos tiempo

La Cuaresma es, pues, considerada como un tiempo durante el cual los cristianos se ponen más intensamente ante el misterio de su fe, para prepararse plenamente a la Pascua: vida, muerte y resurrección de Jesucristo. Para que se acuerden de los cuarenta días de Jesús en el desierto y de las «tentaciones» que Él sufrió, los cristianos dedican un tiempo a la oración, al ayuno y a la conversión. Es, pues, solamente, a la luz de la Pascua que podemos comprender esta «cuarentena», que señala el tiempo de nuestra marcha hacia Dios.

Somos invitados a entrar en la Cuaresma con todo el empeño que se pone en la preparación de un acontecimiento decisivo. Ante todo hay que darnos tiempo, porque no tenemos hoy los mismos ritmos que antes, y el tiempo no está estructurado de la misma manera regular para todos. Aún el domingo ha perdido mucho de su matiz y, excepto la interrupción de la vida profesional, apenas se distingue de los demás días.

Por tanto, sea cual sea la manera, busquemos comprender lo que queremos vivir. Darnos tiempo de recordar, de prepararnos, de escucharnos a nosotros mismos, a los otros.

Encontrar el propio desierto
Reflexionar. Descargarse, desembarazarse de lo que entorpece, de lo que ata. Aceptar hacer una pausa, tener un ?desierto interior?, un lugar que esté lejos de ruidos superficiales para entrar en uno mismo, para escuchar mejor. Aligerarse por el ayuno, aislarse en el desierto son las condiciones que se nos proponen para ponernos en camino hacia un conocimiento más grande, un descubrimiento nuevo.

Cada quien ha de encontrar su desierto y su ayuno. Nada se detiene durante la Cuaresma: ni la vida familiar, ni el trabajo, ni las preocupaciones, ni las relaciones felices o menos. Las tardes son agotadoras, los fines de semana muy cortos. Hacer un alto, aunque sea en forma muy modesta, es ser llevado por el Espíritu, como lo fue Jesús cuando se retiró al desierto.

Es el signo de una disponibilidad que abre sobre el trabajo de preparación de la que cada uno tiene necesidad para entrar en la inteligencia de la Pascua.
El texto de los cuarenta días de Jesús en el desierto nos muestra cómo Él fue confrontado consigo mismo, a todas las preocupaciones que surgen en el hombre cuando él trata de decidir su relación con Dios.

Lo mismo que para nosotros. Cuando aceptamos poner en nuestra vida un poco de reflexión, y de ayuno, comenzamos a ver las cosas y a experimentarlas de otra manera. El desierto no es forzosamente un lugar de silencio. Es también el lugar en donde se dejan oír murmullos interiores que son habitualmente inaudibles por los ruidos exteriores ordinarios.

Acceder al combate espiritual
Si nuestro desierto y nuestro ayuno nos permiten ver dentro de nosotros mismos, probaremos quizás el escándalo de no ser dioses y no poder poner todo bajo nuestros pies; o nos descubriremos terriblemente hambrientos de otro pan que el de la Palabra de Dios; y, más todavía, estaremos tentados por la desesperación delante de nuestro pecado y nuestra incapacidad de responder totalmente al llamado de Dios. Pero, en este combate, tal vez viviremos un encuentro amoroso, como en la lucha de Jacob con el Ángel, en un cuerpo a cuerpo con Dios hasta que Él se descubra: «No te dejaré hasta que tú me bendigas» (Génesis 32, 23 ? 32).

Comprender lo que quiere decir «Resurrección»

En la Cuaresma nos preparamos a comprender un poco mejor lo que quiere decir «Resurrección», nos hace anhelar la absoluta necesidad de la salvación.

Durante esta «cuarentena» nos podemos preparar cultivando la confianza que nos viene de la fe y la disponibilidad del discípulo que se deja instruir. En el fondo se trata de hacer que nuestra vida sea el lugar mismo de escucha y de aprendizaje progresivo de la vida de fe.

La Cuaresma puede prepararnos activamente haciéndonos alcanzar el gran combate cuerpo a cuerpo con Dios que tendrá su final en la mañana de Pascua.


Autor: P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net
Cuaresma, camino de crecimiento espiritual
Lunes primera semana de Cuaresma. Donde cada uno va a ir encontrándose en más profundidad con Cristo.
 
Cuaresma, camino de crecimiento espiritual
Cuaresma, camino de crecimiento espiritual

La Cuaresma que se nos puede presentar simplemente como camino de penitencia, como un camino de dolor, como un camino negativo, realmente es todo lo contrario. Es un camino sumamente positivo, o por lo menos así deberíamos entenderlo nosotros, como un camino de crecimiento espiritual. Un camino en el cual, cada uno de nosotros va a ir encontrándose, cada vez con más profundidad con Cristo. Encontrarnos con Cristo en el interior, en lo más profundo de nosotros, es lo que acaba dando sentido a todas las cosas: las buenas que hacemos, las malas que hacemos, las buenas que dejamos de hacer y también las malas que dejamos de hacer.

En el fondo, el camino que Dios quiere para nosotros, es un camino de búsqueda de Él, a través de todas las cosas. Esto es lo que el Evangelio nos viene a decir cuando nos habla de las obras de misericordia. Quien da de comer al hambriento, quien da de beber al sediento, en el fondo no simplemente hace algo bueno o se comporta bien con los demás, sino va mucho más allá. Está hablándonos de una búsqueda interior que nosotros tenemos que hacer para encontrarnos a Cristo; una búsqueda que tenemos que tenemos que ir realizando todos los días, para que no se nos escape Cristo en ninguno de los momentos de nuestra existencia.

¿Cómo buscamos a Cristo?¿Cuánto somos capaces de abrir los ojos para ver a Cristo? ¿Hasta que punto nos atrevemos a ir descubriendo, en todo lo que nos pasa, a Cristo? La experiencia cotidiana nos viene a decir que no es así, que muchas veces preferimos cerrar nuestros ojos a Cristo y no encontrarnos con Él.

¿Por qué nos puede costar reconocer a Cristo?¿Qué es lo que han hecho de malo los que no vieron a Cristo en los pobres? ¿Realmente dónde está el mal? Cuando dice Jesús “Estuvieron hambrientos y no les disteis de comer; estuvieron sedientos y no les disteis de beber, ¿qué es lo que han hecho de malo? Lo que han hecho de malo, es el no haber sido capaces de reconocer a Cristo; el no haber abierto los ojos para ver a Cristo en sus hermanos. Ahí está el mal.

Lo que nos viene a decir el Evangelio, el problema fundamental es que nosotros tengamos la valentía, la disponibilidad, la exigencia personal para reconocer a Cristo. No simplemente para hacer el bien, que eso lo podemos hacer todos, sino para reconocer a Dios. Saber poner a Cristo en todas las situaciones, en todos los momentos de nuestra vida.

Esto que nos podría parecer algo muy sencillo, sin embargo es un camino duro y exigente. Un camino en el cual podemos encontrarnos tentaciones. ¿Cuál es la principal tentación? La principal tentación en este camino, del cual nos habla el Evangelio de hoy, es precisamente la tentación de no aceptar, con nuestra libertad, que Cristo puede estar ahí, o sea la tentación del uso de la libertad.

Creo que si hay algo a lo cual nosotros estamos profundamente arraigados, es a nuestra libertad y es lo que buscamos defender en todo momento y conservar por encima de todo. Cristo dice: “¡Cuidado!, no sea que tu libertad vaya a impedirte reconocerme”. ¿Cuántas veces el ayudar a alguien significa tener que dejar de ser uno mismo? ¿Cuántas veces el ayudar a alguien significa tener que renunciar a nosotros mismos? “Tuve hambre y no me diste de comer”. Y tengo que ser yo quien te dé de comer de lo mío, es decir, tengo que renunciar. Tengo que ser capaz de detenerme, de acercarme a ti, de descubrir que tienes hambre y de darte de lo mío.

A veces podríamos pensar que Cristo sólo se refiere al hambre material, pero cuántas veces se acerca a nosotros corazones hambrientos espiritualmente y nosotros preferimos seguir nuestro camino; preferimos no comprometer nuestra vida, pues es más fácil, así no me meto en complicaciones, así me ahorro muchos problemas.

¿Cuántas veces podrían nuestros hermanos, los hombres, haber pasado a nuestro lado, haber tocado nuestra puerta y haber encontrado nuestro corazón, libremente, conscientemente cerrado? diciendo: “yo no me voy a comprometer con los demás, yo no me voy a meter en problemas”. Cuidado, porque esta cerrazón del corazón, puede hacer que alguien muera de hambre; puede ser que alguien muera de sed. No podemos solucionar todos los problemas del mundo; no podemos arreglar todas las dificultades del mundo, pero la pregunta es: ¿cada vez que alguien llega y toca a tu corazón, le abres la puerta? ¿te comprometes cada vez que tocan tu corazón? Este es un camino de Cuaresma, porque es un camino de encuentro con Cristo, con ese Cristo que viene una y otra vez a nuestra alma, que llega una y otra a nuestra existencia.

Todos nosotros somos de una o de otra forma, miembros comprometidos en la Iglesia, miembros que buscan la superación en la vida cristiana, que buscan ser mejores en los sacramentos, ser mejores en las virtudes, encontrarnos más con nuestro Señor. ¿Por qué no empezamos a buscarlos cuando Él llega a nuestra puerta? Cuidad con la principal de las tentaciones, que es tener el corazón cerrado.

A veces nos podría preocupar muchas tentaciones: lo mal que está el mundo de hoy, lo tremendamente horrible que está la sociedad que nos rodea. ¿Y la situación interior? ¿Y la situación de mi corazón cerrado a Cristo? ¿Y la situación de mi corazón que me hace ciego a Cristo, cómo la resuelvo? Las situaciones de la sociedad se pueden ignorar cerrando los ojos, no preocupándome de nada, metiéndome en un mundo más o menos sano. Pero la del corazón, la tentación que te impide reconocer a Cristo en tu corazón, ¿cómo la solucionas? Este es el peor de los problemas, porque de ésta es la que a la hora de la hora te van a preguntar: ¿Qué hiciste? ¿Dónde estabas? ¿Por qué no me abriste si estabas en casa?¿Por qué si yo te estaba buscando a ti, tu no me quisiste abrir la puerta? ¿Por qué si yo quería llegar a tu vida, preferiste quedarte dentro y no salir? ?¿Por qué si yo quería reunirme contigo, solucionar tus problemas, ayudarte a reconocerme, tú preferiste seguir viviendo con los ojos cerrados.

Esto es algo muy fuerte y la Cuaresma tiene que ayudarnos a preguntarnos y a planteárnos la apertura real del corazón y ver porqué nuestro corazón cerrado por nuestra libertad no quiere reconocer a Cristo en los demás. Atrevámonos a ver quiénes somos, cómo estamos viviendo nuestra existencia. Abramos nuestro corazón de par en par. No permitamos que nuestro corazón acabe siendo el sediento y hambriento por cerrado en si mismo. Podemos acabar siendo nosotros, auténticos hambrientos y sedientos, y estar Cristo tocando a nuestras puertas y sin embargo cerramos el corazón.

Hagamos de nuestro camino de cuaresmal, un camino hacia Dios abriendo nuestro corazón. Yo estoy seguro, de que siempre que abramos nuestro corazón vamos a encontrarnos con nuestro Señor, con Cristo que nos dice por dónde tenemos que ir. Así, nuestra alma va a decir: “efectivamente, yo se que tu eres el Señor, te he reconocido y por eso abro mi vida. Te he reconocido y por eso me doy completamente y soy capaz de superar cualquier dificultad. Te he reconocido”. Abramos el corazón, reconozcamos a Cristo, no permitamos que nuestra vida se encierre en sí misma. Tres condiciones para que podamos verdaderamente tener al Señor en nuestra existencia. De otra forma, quién sabe qué imagen tengamos de Dios y no se trata de hacer a Dios a nuestra imagen, sino hacernos a imagen de Dios.

Que el reclamo a la santidad, que es la Cuaresma, sea un reclamo a un corazón tan abierto, tan generoso y tan disponible que no tenga miedo de reconocer a Cristo en todas cada una de la situaciones por las que atraviesa; en todas y cada una de las exigencias, que Cristo, venga a pedir a nuestra vida cotidiana. No se trata simplemente de esperar hasta el día del Juicio Final para que nos digan: “tu a la derecha y tu a la izquierda”; es en el camino cotidiano, donde tenemos que empezar a abrir los ojos y a reconocer a Cristo.

Cuaresma: 40 días para la reconciliación

Fuente: Catholic.net
Autor: Tere Fernández del Castillo


Origen y significado de la fiesta

La Cuaresma es el tiempo litúrgico de conversión, que marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua.

Es tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados y de cambiar algo de nosotros para ser mejores y poder vivir más cerca de Cristo.

La Cuaresma dura 40 días, comienza el Miércoles de Ceniza y termina el Jueves Santo.

También cabe decir que la liturgia considera el Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de resurrección, toda una celebridad junta llamada "Triduo Pascual".

Inicialmente, la Cuaresma iba desde el Primer Domingo de Cuaresma al Jueves Santo, pero a raíz de una reforma litúrgica, se descontaron los domingos por considerarlos pascuales y no penitenciales. Para "cuadrar", se añadió a la cuaresma los días que van del Miércoles de Ceniza hasta el Primer Domingo de Cuaresma. De esta manera salen los 40 días. Actualmente, y lo repito de nuevo, la Cuaresma va desde el Miércoles de Ceniza hasta el Jueves Santo

A lo largo de este tiempo, sobre todo en la liturgia del domingo, hacemos un esfuerzo por recuperar el ritmo y estilo de verdaderos creyentes que debemos vivir como hijos de Dios.

El color litúrgico de este tiempo es el morado que significa luto y penitencia. Es un tiempo de reflexión, de penitencia, de conversión espiritual; tiempo de preparación al misterio pascual.

En la Cuaresma, Cristo nos invita a cambiar de vida. La Iglesia nos invita a vivir la Cuaresma como un camino hacia Jesucristo, escuchando la Palabra de Dios, orando, compartiendo con el prójimo y haciendo obras buenas. Nos invita a vivir una serie de actitudes cristianas que nos ayudan a parecernos más a Jesucristo.

El pecado nos aleja de Dios, rompe nuestra relación con Él, por eso debemos luchar contra él pecado y ésto sólo se logra a través de la conversión interna de mente y corazón.

Un cambio en nuestra vida. Un cambio en nuestra conducta y comportamiento, buscando el arrepentimiento por nuestras faltas y volviendo a Dios que es la verdadera razón de nuestro existir.

La Cuaresma es el tiempo del perdón y de la reconciliación fraterna. Cada día, durante toda la vida, hemos de arrojar de nuestros corazones el odio, el rencor, la envidia, los celos que se oponen a nuestro amor a Dios y a los hermanos.

La Cuaresma es un camino hacia la Pascua, que es la fiesta más importante de la Iglesia por ser la resurrección de Cristo, el fundamento y verdad culminante de nuestra fe. Es la buena noticia que tenemos obligación de difundir.

En Cuaresma, aprendemos a conocer y apreciar la Cruz de Jesús. Con esto aprendemos también a tomar nuestra cruz con alegría para alcanzar la gloria de la resurrección.

La duración de la Cuaresma está basada en el símbolo del número cuarenta en la Biblia. En ésta, se habla de los cuarenta días del diluvio, de los cuarenta años de la marcha del pueblo judío por el desierto, de los cuarenta días de Moisés y de Elías en la montaña, de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto antes de comenzar su vida pública, de los 400 años que duró la estancia de los judíos en Egipto.

En la Biblia, el número cuatro simboliza el universo material, seguido de ceros significa el tiempo de nuestra vida en la tierra, seguido de pruebas y dificultades.

El ayuno y la abstinencia en la Cuaresma

  • El ayuno consiste en hacer una sola comida fuerte al día.
  • La abstinencia consiste en no comer carne.
  • Son días de abstinencia y ayuno el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.
  • La abstinencia obliga a partir de los catorce años y el ayuno de los dieciocho hasta los cincuenta y nueve años de edad.
  • Con estos sacrificios, se trata de que todo nuestro ser (alma y cuerpo) participe en un acto donde reconozca la necesidad de hacer obras con las que reparemos el daño ocasionado con nuestros pecados y para el bien de la Iglesia.
  • El ayuno y la abstinencia se pueden cambiar por otro sacrificio, dependiendo de lo que dicten las Conferencias Episcopales de cada país, pues ellas son las que tienen autoridad para determinar las diversas formas de penitencia cristiana.

    Cómo vivir la Cuaresma

    1. Arrepintiéndome de mis pecados y confesándome.
    2. Luchando por cambiar yo mismo.
    3. Haciendo sacrificios.
    4. Haciendo oración.

    1.-Arrepintiéndome de mis pecados:

    Pensar en qué he ofendido a Dios, Nuestro Señor, si me duele haberlo ofendido, si realmente estoy arrepentido. Este es un muy buen momento del año para llevar a cabo una confesión preparada y de corazón. Revisa los mandamientos de Dios y de la Iglesia para poder hacer una buena confesión. Ayúdate de un libro para estructurar tu confesión. Busca el tiempo para llevarla a cabo.

    2. Luchando por cambiar:

    Analiza tu conducta para conocer en qué estás fallando. Hazte propósitos para cumplir día con día y revisa en la noche si lo lograste. Recuerda no ponerte demasiados porque te va a ser muy difícil cumplirlos todos. Hay que subir las escaleras de un escalón en un escalón, no se puede subir toda de un brinco. Conoce cuál es tu defecto dominante y haz un plan para luchar contra éste. Tu plan debe ser realista, práctico y concreto para poderlo cumplir.

    3. Haciendo sacrificios:

    La palabra sacrificio viene del latín sacrum-facere, que significa “hacer sagrado”. Entonces, hacer un sacrificio es hacer una cosa sagrada, es decir, ofrecerla a Dios por amor. Hacer sacrificio es ofrecer a Dios, porque lo amas, cosas que te cuestan trabajo. Por ejemplo, ser amable con el vecino que no te simpatiza o ayudar a otro en su trabajo. A cada uno de nosotros hay algo que nos cuesta trabajo hacer en la vida de todos los días. Si esto se lo ofrecemos a Dios por amor, estamos haciendo sacrificio.

    4. Haciendo oración:

    Aprovecha estos días para orar, para platicar con Dios, para decirle que lo quieres y que quieres estar con Él. Te puedes ayudar de un buen libro de meditación para Cuaresma. Puedes leer en la Biblia pasajes relacionados con la Cuaresma.

    Sugerencias para vivir la Cuaresma:
  • Rezar la Oración de Cuaresma

    Padre nuestro, que estás en el Cielo,
    durante esta época de arrepentimiento,
    ten misericordia de nosotros.
    Con nuestra oración, nuestro ayuno y nuestras buenas obras, transforma nuestro egoísmo en generosidad.
    Abre nuestros corazones a tu Palabra,
    sana nuestras heridas del pecado,
    ayúdanos a hacer el bien en este mundo.
    Que transformemos la obscuridad y el dolor
    en vida y alegría.
    Concédenos estas cosas por Nuestro Señor Jesucristo.
    Amén.
  • Contar a los niños el sentido de la Cuaresma de una forma amena para que la entiendan y se motiven a cumplir con los propósitos del calendario de Cuaresma. Educarles en el sentido espiritual, sobre todo.
  • Leer en los Evangelios el relato de la Pasión de Cristo.
  • Les invito a leer el mensaje del Santo Padre para la Cuaresma de 2009

    Visita también nuestro Especial de Cuaresma

     


    Autor: P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net
    Cuaresma, un recordatorio de cómo Dios nos quiere
    Viernes primera semana Cuaresma. Nuestro amor a los demás será la mejor ofrenda.
     
    Cuaresma, un recordatorio de cómo Dios nos quiere
    Cuaresma, un recordatorio de cómo Dios nos quiere
    Toda la Cuaresma, con su constante invitación a la conversión, es un hermoso recordatorio de cómo Dios nuestro Señor nos quiere, a todos y cada uno de nosotros, plenamente santos, absolutamente santos. “Purifíquense de todas sus iniquidades, renueven su corazón y su espíritu, dice el Señor”.

    La ley de santidad, que nos exige y que nos obliga a todos, se convierte en un imperativo al que nosotros no podemos renunciar. Pero seríamos bastante ingenuos si esta ley de santidad pretendiéramos vivirla alejados de lo que somos, de nuestra realidad concreta, de los elementos que nos constituyen, de las fibras más interiores de nuestro ser. Seríamos ingenuos si no nos atreviéramos a discernir en nuestra alma aquellas situaciones que pueden estar verdaderamente impidiendo una auténtica conversión. La conversión no es solamente ponerse ceniza, la conversión no es guardar abstinencia de carne, no es sólo hacer penitencias o dar limosnas. La conversión es una transformación absoluta del propio ser.
    “Cuando el pecador se arrepiente del mal que hizo y practica la rectitud de la justicia, él mismo salva su vida si recapacita y se aparta de los delitos cometidos; ciertamente vivirá y no morirá”. Esta frase del profeta Ezequiel nos habla de la necesidad de llegar hasta los últimos rincones de nuestra personalidad en el camino de conversión. Nos habla de la importancia de que no quede nada de nosotros apartado de la exigencia de conversión. Y si nosotros quisiéramos preguntarnos cuál es el primer elemento que tenemos que atrevernos a purificar en nuestra vida, el elemento fundamental sin el cual nuestra existencia puede ver truncada su búsqueda de santidad, creo que tendríamos que entrar y atrevernos a examinar nuestros sentimientos.

    ¡Cuántas veces son nuestros sentimientos los que nos traicionan! ¡Cuántas veces es nuestra afectividad la que nos impide lograr una real conversión! ¡Cuántos de nosotros, en el camino de santidad, nos hemos visto obstaculizados por algo que sentimos escapársenos de nuestras manos, que sentimos írsenos de nuestra libertad, que son nuestros sentimientos! Los sentimientos, que son una riqueza que Dios pone en nuestra alma, se acaban convirtiendo en una cadena que nos atrapa, que nos impide razonar y reaccionar; nos impiden tomar decisiones y afirmarnos en el propósito de conversión. La penitencia de los sentimientos es el camino que nos tiene que acabar llevando en todas las Cuaresmas, más aún, en la Cuaresma continua que tiene que ser nuestra existencia, hacia el encuentro auténtico con Dios nuestro Señor.

    Jesucristo, en el Evangelio, nos habla de la importancia que tiene el ser capaces de dominar nuestros sentimientos para poder lograr una auténtica conversión. La Antigua Ley hablaba de que el que mataba cometía pecado y era llevado ante el tribunal, pero Cristo no se conforma simplemente con esto; Cristo va más allá en lo que tiene que ir haciendo plena a la persona. Jesucristo nos invita, como parte de este camino de conversión, a la purificación de nuestros sentimientos, a la penitencia interior cuando nos dice: “Todo el que se enoje con su hermano, será llevado hasta el tribunal”.

    En cuántas ocasiones nosotros buscamos quién sabe qué mortificaciones raras y andamos pensando qué le podríamos ofrecer al Señor, y no nos damos cuenta de que llevamos una penitencia incorporada en nosotros mismos a través de nuestros sentimientos. No nos damos cuenta de que nuestros sentimientos se convierten en un campo en el que nuestra vida espiritual muchas veces naufraga.

    ¡Cuántas veces nuestros anhelos de perfección se han visto carcomidos por los sentimientos! ¡Cuántas veces el interés por los demás, porque los demás crezcan, por ayudar a los demás, se ha visto arruinado por los sentimientos! ¡Cuántas veces un deseo de una mayor entrega, un interés por decirle a Cristo «sí» con más profundidad, se ha visto totalmente apartado del camino por culpa de los sentimientos! No porque ellos sean malos, porque son un don de Dios, y como don de Dios, tenemos que hacerlos crecer y enriquecernos con ellos. Pero, tristemente, cuántas veces esos sentimientos nos traicionan. Nuestra conversión, para que sea verdadera, para que sea plena, tiene que aprender a pasar por el dominio de nuestros sentimientos. Y para lograrlo, la gracia tiene que llegar tan hondo a nuestro interior, que incluso nuestros sentimientos se vean transfigurados por ella.

    ¿Cuál es el camino para esto? El camino es el examen: “Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene una queja contra ti [...]”. Entrar constantemente dentro de nosotros mismos y vigilar nuestra alma es el camino necesario, ineludible para poder llegar a vivir esta penitencia de los sentimientos. Es el camino del cual no podemos prescindir para tener bien dominada toda esa corriente que son los sentimientos, de manera que no perdamos nada de la riqueza que ella nos pueda aportar, pero tampoco nos dejemos arrastrar por la corriente, que a veces puede llevarnos lejos de Dios nuestro Señor.

    Para entrar en nosotros es necesario que la memoria y el recuerdo se transformen como en un espejo en el cual nuestra alma está siendo examinada, percibida constantemente por nuestra conciencia, para ver hasta qué punto el sentimiento está enriqueciéndome o hasta qué punto está traicionándome. Hasta qué punto el sentimiento está dándome plenitud o hasta qué punto el sentimiento me está atando a mí mismo, a mi egoísmo, a mis pasiones, a mis conveniencias.

    Vigilar, estar atentos, recordar, pero al mismo tiempo, es fundamental que el camino de conversión no simplemente pase por una vigilancia, que nos podría resultar obscura y represiva, sino es necesario, también, que el camino de conversión pase por un enriquecimiento. Si alguien tendría que tener unos sentimientos ricos, muy fecundos, ése tendría que ser un cristiano, tendría que ser un santo, porque solamente el santo —el auténtico cristiano— potencia toda su personalidad impulsado por la gracia, para que no haya nada de él que quede sin redimir, sin ser tocado por la Cruz de Cristo.

    Cristo, cuando está hablando a los fariseos les dice: “Si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán ustedes en el Reino de los Cielos”. No podemos quedarnos con una justicia del «no harás», tenemos que buscar una justicia del «hacer», del llevar a plenitud, del enriquecimiento, que es parte de nuestra conversión. Y en este sentido, tenemos que estar constantemente preguntándonos si ya hemos enriquecido todos nuestros sentimientos: el cariño, el afecto, la ternura, la compasión, la sensibilidad; todos los sentimientos que nosotros podemos tener de justicia, de interés, de preocupación; todos los sentimientos que podemos tener de acercamiento a los demás, de percepción de las situaciones de los otros. ¿Hasta qué punto nos estamos enriqueciendo buscando cada día darle más cercanía a la gracia de Cristo?

    Dice el salmo: “Perdónanos Señor y viviremos”. En estas tres palabras podríamos encerrar esta penitencia de los sentimientos. Que el Señor nos perdone, es decir, que nos purifique. Llegar a limpiar los sentimientos de todo egoísmo, de toda preocupación por nosotros mismos, de toda búsqueda interesada de nosotros. Pero no basta, hay que vivir de ese perdón; de esa purificación tiene que nacer la vida y tiene que nacer un enriquecimiento nuestro y de los demás.

    El camino de conversión es difícil, exige una gran apertura del corazón, exige estar dispuestos, en todo momento, a cuestionarnos y a enriquecernos. Hagamos de la Cuaresma un camino de enriquecimiento, un camino de encuentro más profundo con Cristo, un camino en el que al final, la Cruz de Cristo haya tocado todos los resortes de nuestra personalidad.

    Autor: Pbro. José Martínez Colín | Fuente: Catholic.net
    Inicio de la Cuaresma: Un cuento sobre la generosidad
    El Papa nos invita a “descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos.
     
    Inicio de la Cuaresma: Un cuento sobre la generosidad
    Inicio de la Cuaresma: Un cuento sobre la generosidad

    Con motivo de la cuaresma que está por empezar el próximo miércoles de Ceniza, el Papa Benedicto XVI ha querido que meditáramos sobre la limosna y la generosidad, a fin de vivirlas especialmente en este tiempo litúrgico.

    Para ello nos puede ayudar el relato de un cuento: Érase una vez que había un rey que vivía bien su fe cristiana y que no tenía hijos. Por ello, envió a sus heraldos a colocar un anuncio en todos los pueblos diciendo que cualquier joven que reuniera los requisitos para aspirar a ser el sucesor al trono, debería entrevistarse con el Rey. Pero debía cumplir dos requisitos: Amar a Dios y a su prójimo.

    En una aldea lejana, un joven huérfano leyó el anuncio real. Su abuelo, que lo conocía bien, no dudó en animarlo a presentarse, pues sabía que cumplía los requisitos, pues amaba a Dios y a todos en la aldea. Pero era tan pobre que no contaba ni con vestimentas dignas, ni con el dinero para las provisiones de tan largo viaje.

    Su abuelo lo animó a trabajar y el joven así lo hizo. Ahorró al máximo sus gastos y cuando tuvo una cantidad suficiente, vendió todas sus escasas pertenencias, compró ropas finas, algunas joyas y emprendió el viaje. Al final del viaje, casi sin dine
    ro, se le acercó un pobre limosnero. Tiritando de frío, vestido de harapos, imploraba: “Estoy hambriento y tengo frío, por favor ayúdeme...” El joven, conmovido, de inmediato se deshizo de sus ropas nuevas y abrigadas y se puso los harapos del limosnero. Sin pensarlo dos veces le dio también parte de las provisiones que llevaba.

    Cruzando los umbrales de la ciudad, una mujer con dos niños tan sucios como ella, le suplicó: “¡Mis niños tienen hambre y yo no tengo trabajo!” Sin pensarlo dos veces, le dio su anillo y su cadena de oro, junto con el resto de las provisiones.

    Entonces, en forma titubeante, llegó al castillo vestido con harapos y sin de provisiones para el regreso. Un asistente del Rey lo llevó a un grande y lujoso salón donde estaba el rey. Cuál no sería su sorpresa cuando alzó los ojos y se encontró con los del Rey. Atónito dijo: “¡Usted... usted! ¡Usted es el limosnero que estaba a la vera del camino!” En ese instante entró una criada y dos niños trayéndole agua, para que se lavara y saciara su sed. Su sorpresa fue también mayúscula: - “¡Ustedes también! ¡Ustedes estaban en la puerta de la ciudad!” El Soberano sonriendo dijo: “Sí, yo era ese limosnero, y mi criada y sus niños también estuvieron allí”.

    El joven tartamudeó: “Pero... pe... pero... ¡usted es el Rey! ¿Por qué me hizo eso?” El monarca contestó: “Porque necesitaba descubrir si tus intenciones eran auténticas frente a tu amor a Dios y a tu prójimo. Sabía que si me acercaba a ti como Rey, podrías fingir y no sabría realmente lo que hay en tu corazón. Como limosnero, no sólo descubrí que de verdad amas a Dios y a tu prójimo, sino que eres el único en haber pasado la prueba. ¡Tú serás mi heredero! --sentenció el Rey-- ¡Tú heredaras mi reino!”.

    El relato nos debe hacer pensar si sabemos dar también con generosidad. El Papa nos invita a “descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos”. Cristo ya se ha dado generosamente por nosotros y espera que hagamos lo mismo con los demás.

    Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net
    Vámonos al desierto con Jesús
    Que la oración no nos deje caer en la tentación
     
    Vámonos al desierto con Jesús
    Vámonos al desierto con Jesús
    DOMINGO I DE CUARESMA. CICLO B



    1. "A tu alcance está la palabra, en tus labios y en tu corazón" (Rm 10,8). Nos examinamos para conocer dónde están los bacilos, la infección. No sólo para detectarla, confesarla, detestarla y comenzar a corregirla, a fin de llegar a la Pascua reconciliados y limpios y curados. Tomamos a Jesús por modelo, pues El también hizo su Cuaresma y esa es la razón por la que la hacemos nosotros. Los cuarenta días de Jesús en el desierto son nuestra Cuaresma.

    La Iglesia quiere actualizar la actitud de los antiguos catecúmenos y de los penitentes públicos. Del catecúmeno debemos imitar su afán de instruirse en la doctrina y su deseo de preparación para recibir la gracia salvífica del bautismo. Para eso estaba durante mucho tiempo -sobre todo en la cuaresma- entrenándose para ser buen cristiano. La cuaresma era un cursillo de formación para recibir el bautismo.

    2. "El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas y los ángeles le servían." Marcos 1,12. Literalmente en esta región del desierto del Jordán viven todavía bestias salvajes: víboras, cabras silvestres, gacelas y águilas, e incluso por la noche se oyen los aullidos de hienas y chacales; y en tiempo de Eliseo había en los bosques desde Jericó a Betel, osos rugientes (Re 2,24). Marcos alude a los cuarenta años del desierto. Israel creía que la acción del Mesías se desarrollaría en el desierto y que allí se repetirían las experiencias—tentaciones—del éxodo. De ahí la relación de que Jesús vivió entre bestias salvajes, que rima con las serpientes del desierto y con la alimentación prodigiosa del maná, en este caso servido por los ángeles, designado así en el libro de la Sabiduría, como «pan de los ángeles». Típicamente, Como Cristo, el Mesías, anuncia una creación nueva, se explica también la pacificación del reino animal, como rasgo evocador de la victoria mesiánica. Tanto más, cuanto que en la Escritura el anuncio de la nueva creación y la del nuevo éxodo, van unidos. Por eso Marcos alude a la restauración de la paz paradisíaca, describiendo a Jesús viviendo en compañía de las fieras, sin tenerles miedo, como una confirmación del salmo 91 que, aunque se aplica al hombre que domina fácilmente el mundo inferior cuando vive en amistad con Dios y triunfa del mal moral, es más propio del Mesías, que, cuando fue bautizado por Juan, oyó la voz del Padre: "Tú eres mi Hijo, el amado, en tí me complazco" (Mc 1,11).

    3. Si Jesús ha ido creciendo en edad, en sabiduría y en gracia, éste es un momento de un gran crecimiento. Mientras Juan lo bautizaba, ha oído la afirmación del Amor del Padre. Ha oído que el Padre se complace en El. Ha experimentado que el cariño de su Padre por él es inmenso e infinito, torrentera plena de felicidad. Las palabras de amor del Padre confirman sus interrogantes, le afirman en su vocación, le hacen más disponible, pues también su disponibilidad ha ido creciendo, porque es gracia, y "ha ido creciendo en gracia" (Lc 2,52).

    4. Todos necesitamos ver afirmada y reafirmada nuestra vocación, aceptadas nuestras cualidades, reconocida nuestra actividad, garantizada y autentificada nuestra empresa. Y si el reconocimiento procede de una persona cualificada, o de la entera comunidad, o del grupo de nuestros amigos, experimentamos seguridad, crecemos en entrega, y nos dedicamos a ella con mayor ilusión y empeño. El reconocimiento potencia y multiplica la dedicación y la entrega.

    5. Jesús, apenas ha escuchado estas palabras del Padre, empujado por el Espíritu, se ha ido al desierto a contemplarlas, como cuando un Superior nos ha dicho alguna palabra trascendental, deseamos meditarla, rumiarla, saborearla, medir su trascendencia y hasta su tono. Que resuene de nuevo. Necesitamos estar solos.

    6. Jesús ha sido empujado por el Espíritu al desierto, a la soledad, para contemplar las Palabras del Padre: "Tú eres mi Hijo", "el Amado", "el Padre se complace en mí". Jesús es dócil al empuje, a la moción del Espíritu. Nosotros debemos también ser dóciles al Espíritu que nos llama al Exodo, a la Cuaresma, al desierto, al recogimiento, a la escucha de la Palabra, a la oración. Con este impulso interno del Espíritu Santo que acababa de descender sobre él en su bautismo, Jesús se retiró al desierto llamado hoy el Monte de la Cuarentena, situado a unos 500 metros sobre el valle de Jericó. Hoy se pueden seguir los pasos de Jesús desde el río Jordán hasta el Qarantal, trepando media hora por un sendero pedregoso y bordeando profundos barrancos, donde no hay ni un árbol, ni un solo matorral. Jesús va a comenzar su actividad de apóstol y está decidido a actuar con plena normalidad. Después de la preparación remota de largos años de oscuridad, humildad y pobreza, en el ámbito de una familia totalmente normal, la preparación inmediata en el desierto de Judea, a donde se dirige desde el Jordán, cerca de Jericó, montaña arriba, escarpada e inhóspita. Me encanta imaginar a Jesús trepando por aquella empinada y abrupta ladera con el esfuerzo parecido al que a nosotros nos supondría la subida, sudando, -el monte está a mas de 1000 m bajo el nivel del mar-, y sentir el jadeo de su respiración. Y oir el rodar de las piedras desprendidas por sus pies hasta las profundidades de la sima, y escuchar el eco de su rebote. Una vez en la cumbre, Jesús busca un lugar donde vivir durante cuarenta días, y comienza su oración intensa, concentrada y silenciosa, en aquella soledad, sin comer ni beber nada. Hoy sólo hay rocas y grutas donde se retiraron en otros tiempos muchos anacoretas. Allí en la ladera existe un convento de monjes greco-ortodoxos, y una ----- donde, según la tradición, vivió Jesús durante los cuarenta días de su Cuaresma. Desde la cumbre de ese monte se divisa un extenso panorama: las lejanas montañas de Galaad y de Moab, y los valles del Jordán y del mar Muerto.

    7. Marcos narra las tentaciones de Jesús telegráficamente. Mateo y Lucas, concretarán las circunstancias y los temas. A Marcos le ha interesado más subrayar el retiro de Jesús como preparación a su vida activa, lo que también se nota en otros lugares de su evangelio. Se descubre la catequesis del pastor Pedro, preocupado por la actuación de los corderos y de las ovejas: “Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia”. Quiere poner de relieve que Jesús antes de ir al encuentro con el pueblo, se retira en el desierto buscando la intimidad con el Padre. Intencionadamente destaca estos retiros de Jesús “al desierto” como lugar de comunicación íntima con el Padre, condición indispensable para los pastores. Cuando expuso la jornada de Cafarnaúm, anotó que después de aquel día agotador, Jesús “se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar”, y que desde allí emprendió su primera gira por Galilea (Mc 1,39). Otro día invitó a sus discípulos a retirarse con él a un lugar apartado (Mc 6,31) no sólo en busca de reposo necesario, sino como medio de recuperar fuerza en tranquila comunicación con el Padre (6,46). Y esta actitud es un programa esencial.

    8. Hoy la Iglesia es considerada con frecuencia como una institución de la sociedad que debe limitarse a dar ayudas materiales. Pero la esclavitud mayor es la pobreza interior, la aridez espiritual. En su mensaje de Cuaresma, Juan Pablo II dijo una vez que la caridad no es un gesto o un ideal humanitario, sino llevar la presencia de Cristo en todos los gestos de caridad. El Señor hizo milagros, curaciones, consoló; en resumen, obró para confirmar lo que anunciaba. Nosotros, al contrario, hemos separado las obras de caridad, de su mensaje. Es una equivocación: si anuncio simplemente el amor de Dios y no lo demuestro con las obras, mi palabra es menos creíble. Pero tampoco se puede sólo obrar sin proclamar nunca el Evangelio. Es necesaria una vinculación continua entre acción y palabra.

    9. Benedicto XVI, en consonancia con Juan Pablo II, ha escrito este año en su Mensaje para la cuaresma: "Como escribió mi amado predecesor Juan Pablo II, hay un "límite impuesto al mal por el bien divino", y es la misericordia. En este sentido he querido poner al inicio de este Mensaje la cita evangélica según la cual "Al ver Jesús a las gentes se compadecía de ellas". "A este respecto deseo reflexionar sobre una cuestión muy debatida en la actualidad: el problema del desarrollo. La "mirada" conmovida de Cristo se detiene también hoy sobre los hombres y los pueblos, puesto que por el "proyecto" divino todos están llamados a la salvación. Jesús, ante las insidias que se oponen a este proyecto, se compadece de las multitudes: las defiende de los lobos, aun a costa de su vida. Con su mirada, Jesús abraza a las multitudes y a cada uno, y los entrega al Padre, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio de expiación".

    10. "La Iglesia, iluminada por esta verdad pascual, es consciente de que, para promover un desarrollo integral, es necesario que nuestra "mirada" sobre el hombre se asemeje a la de Cristo. En efecto, de ningún modo es posible dar respuesta a las necesidades materiales y sociales de los hombres sin colmar, sobre todo, las profundas necesidades de su corazón. Esto debe subrayarse con mayor fuerza en nuestra época de grandes transformaciones, en la que percibimos de manera cada vez más viva y urgente nuestra responsabilidad ante los pobres del mundo. Ya mi venerado predecesor, el Papa Pablo VI, identificaba los efectos del subdesarrollo como un deterioro de humanidad. En este sentido, en la encíclica "Populorum progressio" denunciaba "las carencias materiales de los que están privados del mínimo vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo... las estructuras opresoras que provienen del abuso del tener o del abuso del poder, de las explotaciones de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones".

    11. "Como antídoto contra estos males, Pablo VI no sólo sugería "el aumento en la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza, la cooperación en el bien común, la voluntad de la paz", sino también "el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin". "En esta línea, el Papa no dudaba en proponer "especialmente, la fe, don de Dios, acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad de la caridad de Cristo". Por tanto, la "mirada" de Cristo sobre la muchedumbre nos mueve a afirmar los verdaderos contenidos de ese "humanismo pleno" que, según el mismo Pablo VI, consiste en el "desarrollo integral de todo el hombre y de todos los hombres". Por eso, la primera contribución que la Iglesia ofrece al desarrollo del hombre y de los pueblos no se basa en medios materiales ni en soluciones técnicas, sino en el anuncio de la verdad de Cristo, que forma las conciencias y muestra la auténtica dignidad de la persona y del trabajo, promoviendo la creación de una cultura que responda verdaderamente a todos los interrogantes del hombre".

    12. "Ante los terribles desafíos de la pobreza de gran parte de la humanidad, la indiferencia y el encerrarse en el propio egoísmo aparecen como un contraste intolerable frente a la "mirada" de Cristo. El ayuno y la limosna, que, junto con la oración, la Iglesia propone de modo especial en el período de Cuaresma, son una ocasión propicia para conformarnos con esa "mirada". Los ejemplos de los santos y las numerosas experiencias misioneras que caracterizan la historia de la Iglesia son indicaciones valiosas para sostener del mejor modo posible el desarrollo". "Hoy, en el contexto de la interdependencia global, se puede constatar que ningún proyecto económico, social o político puede sustituir el don de uno mismo a los demás en el que se expresa la caridad. Quien actúa según esta lógica evangélica vive la fe como amistad con el Dios encarnado y, como Él, se preocupa por las necesidades materiales y espirituales del prójimo. Lo mira como un misterio inconmensurable, digno de infinito cuidado y atención. Sabe que quien no da a Dios, da demasiado poco; como decía a menudo la beata Teresa de Calcuta: "la primera pobreza de los pueblos es no conocer a Cristo". Por eso es preciso ayudar a descubrir a Dios en el rostro misericordioso de Cristo: sin esta perspectiva, no se construye una civilización sobre bases sólidas".

    13. "Gracias a hombres y mujeres obedientes al Espíritu Santo, han surgido en la Iglesia muchas obras de caridad, dedicadas a promover el desarrollo: hospitales, universidades, escuelas de formación profesional, pequeñas empresas. Son iniciativas que han demostrado, mucho antes que otras actuaciones de la sociedad civil, la sincera preocupación hacia el hombre por parte de personas movidas por el mensaje evangélico. Estas obras indican un camino para guiar aún hoy el mundo hacia una globalización que ponga en el centro el verdadero bien del hombre y, así, lleve a la paz auténtica". "Con la misma compasión de Jesús por las muchedumbres, la Iglesia siente también hoy que su tarea propia consiste en pedir a quien tiene responsabilidades políticas y ejerce el poder económico y financiero que promueva un desarrollo basado en el respeto de la dignidad de todo hombre. Una prueba importante de este esfuerzo será la efectiva libertad religiosa, entendida no sólo como posibilidad de anunciar y celebrar a Cristo, sino también de contribuir a la edificación de un mundo animado por la caridad. En este esfuerzo se inscribe también la consideración efectiva del papel central que los auténticos valores religiosos desempeñan en la vida del hombre, como respuesta a sus interrogantes más profundos y como motivación ética respecto a sus responsabilidades personales y sociales. Basándose en estos criterios, los cristianos deben aprender a valorar también con sabiduría los programas de sus gobernantes". "No podemos ocultar que muchos que profesaban ser discípulos de Jesús han cometido errores a lo largo de la historia. Con frecuencia, ante problemas graves, han pensado que primero se debía mejorar la tierra y después pensar en el cielo. La tentación ha sido considerar que, ante necesidades urgentes, en primer lugar se debía actuar cambiando las estructuras externas. Para algunos, la consecuencia de esto ha sido la transformación del cristianismo en moralismo, la sustitución del creer por el hacer. Por eso, mi predecesor de venerada memoria, Juan Pablo II, observó con razón: "La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una "gradual secularización de la salvación", debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral".

    14."Teniendo en cuenta la victoria de Cristo sobre todo mal que oprime al hombre, la Cuaresma nos quiere guiar precisamente a esta salvación integral. Al dirigirnos al divino Maestro, al convertirnos a Él, al experimentar su misericordia gracias al sacramento de la Reconciliación, descubriremos una "mirada" que nos escruta en lo más hondo y puede reanimar a las multitudes y a cada uno de nosotros. Devuelve la confianza a cuantos no se cierran en el escepticismo, abriendo ante ellos la perspectiva de la salvación eterna. Por tanto, aunque parezca que domine el odio, el Señor no permite que falte nunca el testimonio luminoso de su amor. A María, "fuente viva de esperanza", le encomiendo nuestro camino cuaresmal, para que nos lleve a su Hijo. A ella le encomiendo, en particular, las muchedumbres que aún hoy, probadas por la pobreza, invocan su ayuda, apoyo y comprensión.El fundador del movimiento del Arca, Jean Vanier, afirma que los voluntarios que se dirigen a él, después de algún tiempo, descubren al Señor. El camino de la caridad se convierte en un camino de recuperación de la fe. El materialismo práctico en que estamos sumergidos no nos permite ver otras cosas. Muchas agencias que recogen ayudas se preocupan sólo de la organización de colectas y de política. Hoy sufre el cuerpo y el alma. Pero la que hoy sufre más es el alma. La primera esclavitud en el tercer mundo y en el primero es la del mal. Nosotros pensamos en resolver la miseria haciendo reuniones y planes pastorales, en vez de comenzar venciendo el mal en nosotros mismos con la conversión y el sacramento de la reconciliación. Una buena confesión personal ayuda a eliminar la peor pobreza económica, ha dicho monseñor Paul Cordes, presidente de Cor Unum, al presentar el mensaje del Papa.

    15. A imitación de Cristo, la Cuaresma ha sido y es el gran retiro de la Iglesia toda. Es un alto en el camino para orar, reflexionar y reformar la vida de cara a la Pascua. Conducimos en la noche y podemos errar el camino. Hay que detenerse, mirar el mapa, pedir información, reorientarse. Tal vez la prosperidad material del todo va bien, nos haya recortado las alas con las que debíamos remontarnos a las alturas, y nos haya convertido en aves de corral bien cebadas. El origen de La revolución del 68 de los estudiantes de París, siguió la errada consigna de Marcuse de que el hombre es un ser unidimensional: su fin es vivir, gozar, buscar el aplauso, y la fama, siguiendo a los modelos, que son los héroes y las estrellas fugaces de cada momento. El trabajo que lo hagan las máquinas. La Cuaresma empezó el pasado Miércoles de Ceniza con esta llamada urgente del profeta Joel: “Rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos, y volved al Señor, vuestro Dios, porqué él es clemente y compasivo, tardo a la ira, rico en amor” (Jr 2,13).

    16. Volver a Dios es un proceso continuado y permanente, que dura tanto como la vida, porque el hombre nunca acacaba de romper con el pecado para realizar su vocación de hijo de Dios. El camino se inicia con el bautismo, y se concluye con la bienaventuranza eterna. Sólo entonces el hombre habrá vuelto definitivamente a Dios. Pero entre el punto de partida y el de llegada hay un largo recorrido en la vida como un período de prueba y de lucha. Nuestra vocación cristiana es una marcha hacia una realidad segura en su final, pero con dificultades en su camino. Estas dificultades son el asalto de las tentaciones. No en vano incluyó Jesús en la oración que nos enseñó esta humilde petición: “Y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal". Ya decía Pablo VI: “Necesitamos librarnos de las tentaciones, que hoy día no son solamente individuales y fortuitas, sino colectivas y permanentes, organizadas y provocadas a menudo por intereses comerciales. Pensad en ciertas publicaciones y en determinados espectáculos”.

    17. Desde que “la cosa empezó en Galilea” (Hech 19,37), Jesús proclama la vuelta a Dios: “Convertíos y creed en la Buena Noticia”. El mismo se ofrece como el camino: “Yo soy el camino... Nadie va al Padre si no es por mí" (Jn 14,6). Cualquiera que vuelve al Padre es recibido por su corazón abierto, porque Dios es rico en misericordia y perdona siempre al que incomprensiblemente ha preferido la muerte, al alejarse de Dios; volver a Dios es renacer a la vida. Pero el hombre que puede alejarse de Dios siguiendo sus pasiones, no puede volver a El por sus propias fuerzas. Nadie puede volver a nacer por sí mismo. La iniciativa corresponde a la gracia de Dios; al hombre corresponde cooperar: “Hazme volver y volveré” (Jr 31,18).

    18. La Cuaresma es una llamada urgente de la gracia a una profunda renovación personal y eclesial. Examinemos si nuestra vida de cristianos es tal como nos pide Juan Pablo II: “Cristianos con vocación de santidad, sólidos en la fe, seguros en la doctrina propuesta por el magisterio de la Iglesia, firmes y activos, cimentados en una vida espiritual, alimentados con el acercamiento frecuente a los sacramentos de la penitencia y de la Eucaristía” (México 29-1-1979).

    19. Jesús en el desierto se dejó tentar y probar por Satanás. Con la Palabra, el ayuno, la soledad, ha vencido la tentación. Es el Adán Nuevo. La réplica de Adán, la contrapartida de Adán. Adán fue tentado y fue vencido. Los israelitas en el Exodo también sucumbieron a las tentaciones, y cuando sintieron hambre, murmuraron y protestaron y pidieron pan. Hemos vivido un largo período con complejo de Edipo. Hemos vivido una larga ausencia de Dios. Apenas se oía su nombre. Y se tenía un miedo de muerte de que al hablar de Dios o de sus derechos y nuestros deberes, se nos pusiera en rídiculo, o se nos etiquetase como anticuados. La era de Dios había pasado. Dios había muerto y nombrar a Dios era "no estar al loro". Y callábamos. Y silenciamos a Dios. Y no sólo esto; se era beligerante contra Dios y sus leyes porque se le consideraba enemigo represor del hombre y su rival. Se sembraron vientos y estamos cosechando tempestades. Los árboles de la parábola de Jörgensen que negaron al sol y se rebelaron contra él, enfermaron, amarillearon, languidecieron y murieron. Jesús responde al tentador: "No sólo de pan vive el hombre". "No tentarás al Señor tu Dios". La tentación intenta suplantar a Dios. Pretende convertir en "dios" todo lo que no es Dios. Así es cómo el dios de la sociedad moderna, o los valores supremos elegidos y erigidos en dioses: la ciencia, la técnica, el poder, los bienes de este mundo, se emancipan de su fundamentación válida y liberadora y se convierten en instrumentos de esclavitud, rivalidad y destrucción. En la entraña de nuestra situación actual existe una suplantación de la vida humana, comprendida a la luz de Dios y vivida delante de él, por una vida vivida sólo ante el mundo, en servicio del yo y de su entorno inmediato, sin horizonte de absoluto ni de futuro. La difusión de un modo de vida ateo ha cambiado las actitudes morales fundamentales de muchos. Dios va desapareciendo cada vez más del horizonte de referencia de la vida de los hombres. Ha habido un eclipse de Dios. Dios ya no es para muchos el fundamento de la existencia y del comportamiento de las personas, grupos e instituciones. Jesús vence a Satanás. Como entre tantos hombres contemporáneos de Noé, él se mantuvo fiel, Jesús fue fiel en el desierto, al contrario de Adán y los israelitas en el desierto.

    20. En el desierto de nuestra vida somos tentados todos por Satanás. Escribieron los obispos españoles que nos hallamos "ante una sociedad moralmente enferma". Yo diría más. No "ante" sino "en ella" y consiguientemente los cristianos participamos de su enfermedad. No podemos mirar la sociedad como quien mira un paisaje desde fuera, sino como quien está inmerso en el paisaje. La sociedad no nos hace fácil ser fieles a Dios. Somos tentados por el horizontalismo, que niega la trascendencia del hombre. Por el secularismo y el hedonismo, por el subjetivismo, sin normas objetivas de fe y de moral. Por la espontaneidad y frivolidad de los actos humanos. Monseñor Lajos Kada, Nuncio Apostólico en España, en una entrevista antes de marcharse dijo: "Dentro de poco España no será católica". Hay que vivir -se dice- según pidan las emociones, los afectos. El dominio de sí mismo es represivo. Hay que dejarse llevar por la comodidad. Por tanto ni ascesis, ni mortificación, ni privación, que impiden el desarrollo y la realización de la persona. Disfrutar al máximo, pasarlo lo mejor que se pueda, "comamos y bebamos, que mañana moriremos". Fuera compromisos, que impiden la autenticidad.

    21. Dice el Génesis: "Viendo el Señor que la maldad de los hombres sobre la tierra era muy grande y que todos los pensamientos de su corazón tendían continuamente al mal, se arrepintió de haber creado al hombre y dijo: Lo exterminaré" (Gn 6,5). Y decidió arrasar la vida con el diluvio.

    22. Pero como es Dios Creador y no exterminador, Dios de la vida y no Dios de la muerte, buscó fidelidad y la encontró en Noé Génesis 9,8. Sí que envió el diluvio, pero cuando tenía asegurada la pervivencia de los hombres y de la creación.

    23. "El arca en la que unos pocos se salvaron fue un símbolo del bautismo que actualmente os salva" 1 Pedro 3,18. El mandato de Dios a Noé de construir el arca en una tierra desértica no tiene sentido. Pero Noé no se fija en el cálculo humano, supera las burlas y obedece a Dios. Como Noé sumergido en medio de aquel pueblo pecador que merecía el diluvio, nos vemos rodeados de mal, pero hay un germen de bien en cada persona, y entre las personas. Siempre hay un Noé con el que comenzar a construir algo nuevo. En medio de la corrupción generalizada, palabra que camufla la de "pecado", que hoy está desvalorizada, y se encubre su fealdad con eufemismos: "relaciones extramatrimoniales", por adulterio; "apropiación indebida", por robo; "información privilegiada", por estafa; "hacer el amor", por fornicar; "desahogo de la naturaleza", por masturbación; "interrupción del embarazo", por aborto criminal, seamos como Noé y como Jesús.

    24. Para Noé Dios fue Dios. Noé reconoce a Dios y se somete. Dios le promete que el hombre seguirá viviendo. Y Noé fue salvado de la masa corrompida para dar origen a un pueblo grato a Dios, como Abraham será sacado del paganismo de Mesopotamia y llevado al desierto de la vida nómada en Canaán, y Moisés y su pueblo de Israel de Egipto, conducidos también al desierto.

    25. Así, en medio de tanta podredumbre, se levanta el arco iris de la salvación, y la Palabra de Dios, la gracia del Bautismo y el torrente de la Sangre de Cristo en los Sacramentos, especialmente en la Eucaristía, nos consiguen de Dios "una conciencia pura por la resurrección de Cristo Jesús Señor nuestro" 1 Ped 3,18.

    26. "Dios recuerda que su ternura y su misericordia son eternas. Por eso hace caminar a los humildes con rectitud, enseñando sus caminos a los pecadores humildes" Salmo 24. 28. Antes de comulgar rezaremos con fervor deseando ser escuchados, pues que estamos expuestos a tantas tentaciones la oración que Cristo nos ha enseñado que no nos deje caer en la tentación.. Al recibirle hoy, vencedor de la tentación y del pecado, que su ejemplo de entregarse a la contemplación de la palabra, nos sirva de modelo ejemplar y de fuerza en la lucha con el maligno.


    5 DE MARZO DE 2006
    Autor: P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net
    Cristo que nos llama a la conversión del espíritu
    Sábado tercera semana Cuaresma. ¿Qué esfuerzo he hecho para que Cristo sea el centro de mi vida?
     
    Cristo que nos llama a la conversión del espíritu
    Cristo que nos llama a la conversión del espíritu

    La experiencia de buscar convertir nuestro corazón a Dios, que es a lo que nos invita constantemente la Cuaresma, nace necesariamente de la experiencia que nosotros tengamos de Dios nuestro Señor. La experiencia del retorno a Dios, la experiencia de un corazón que se vuelve otra vez a nuestro Señor nace de un corazón que experimenta auténticamente a Dios. No puede nacer de un corazón que simplemente contempla sus pecados, ni del que simplemente ve el mal que ha hecho; tiene que nacer de un corazón que descubre la presencia misteriosa de Dios en la propia vida.

    Durante la Cuaresma muchas veces escuchamos: “tienes que hacer sacrificios”. Pero la pregunta fundamental sería si estás experimentando más a Dios nuestro Señor, si te estás acercando más a Él.

    En la tradición de la Iglesia, la práctica del Vía Crucis —que la Iglesia recomienda diariamente durante la Cuaresma y que no es otra cosa sino el recorrer mentalmente las catorce estaciones que recuerdan los pasos de nuestro Señor desde que es condenado por Pilatos, hasta el sepulcro—, necesariamente tiene que llevarnos hacia el interior de nosotros mismos, hacia la experiencia que nosotros tengamos de Jesucristo nuestro Señor.

    Tenemos que ir al fondo de nuestra alma para ahí ver la profundidad que tiene Dios en nosotros, para ver si ya ha conseguido enraizar, enlazarse con nosotros, porque solamente así llegamos a la auténtica conversión del corazón. Al ver lo que Cristo pasó por mí, en su camino a la cruz, tengo que preguntarme: ¿Qué he hecho yo para convertir mi corazón a Cristo? ¿Qué esfuerzo he hecho para que mi corazón lo ponga a Él como el centro de mi vida?

    Frecuentemente oímos: “es que la vida espiritual es muy costosa”; “es que seguir a Cristo es muy costoso”; “es que ser un auténtico cristiano es muy costoso”. Yo me pregunto, ¿qué vale más, lo que a mí me cuesta o lo que yo gano convirtiéndome a Cristo? Merece la pena todo el esfuerzo interior por reordenar mi espíritu, por poner mis valores en su lugar, por ser capaz de cambiar algunos de mis comportamientos, incluso el uso de mi tiempo, la eficacia de mi testimonio cristiano, convirtiéndome a Cristo, porque con eso gano.

    A la persona humana le bastan pequeños detalles para entrar en penitencia, para entrar en conversión, para entrar dentro de sí misma, pero podría ser que ante la dificultad, ante los problemas, ante las luchas interiores o exteriores nosotros no lográramos encontrarnos con Cristo.

    Nosotros, que tenemos a Jesucristo todos los días si queremos en la Eucaristía; nosotros, que tenemos a Jesucristo si queremos en su Palabra en el Evangelio; nosotros, que tenemos a Jesucristo todos los días en la oración, podemos dejarlo pasar y poner otros valores por encima de Cristo. ¡Qué serio es esto, y cómo tiene que hacer que nuestro corazón descubra al auténtico Jesucristo!

    Dirá Jesucristo: “¿De qué te sirve ganar todo el mundo, si pierdes tu alma? ¿Qué podrás dar tú a cambio de tu alma?” Es cuestión de ver hacia dónde estamos orientando nuestra alma; es cuestión de ver hacia dónde estamos poniendo nuestra intención y nuestra vida para luego aplicarlo a nuestras realidades cotidianas: aplicarlo a nuestra vida conyugal, a nuestra vida familiar, a nuestra vida social; aplicarlo a mi esfuerzo por el crecimiento interior en la oración, aplicarlo a mi esfuerzo por enraizar en mi vida las virtudes.

    Cuando en esta Cuaresma escuchemos en nuestros oídos la voz de Cristo que nos llama a la conversión del espíritu, pidámosle que sea Él quien nos ayude a convertir el corazón, a transformar nuestra vida, a reordenar nuestra persona a una auténtica conversión del corazón, a una auténtica vuelta a Dios, a una auténtica experiencia de nuestro Señor.

 

 





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