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Autor: Alfonso Aguiló | Fuente: www.fluvium.org
Un caso trágico
Quien es capaz de sintonizar con los sentimientos de los demás, logrará salvar las diferencias personale
 
Un caso trágico
Un caso trágico
Daniel Goleman cuenta el trágico caso de un jefe autoritario y dominante que tenía atemorizados a todos sus subordinados. El hecho quizá no habría tenido mayor trascendencia si su trabajo hubiera sido otro, pero el caso es que Melburn McBroom –así se llamaba– era piloto de líneas aéreas.

Un día de 1978, su avión se estaba aproximando al aeropuerto de Portland, en Estados Unidos, cuando de pronto se dio cuenta de que tenía problemas con el tren de aterrizaje. Ante aquella situación de emergencia, McBroom comenzó a dar vueltas en torno a la pista de aterrizaje, mientras trataba de solucionar el problema él solo.

Tanto se obsesionó en su empeño, que durante ese tiempo consumió todo el combustible, mientras los copilotos, temerosos de sus arranques de ira, permanecieron expectantes en silencio hasta el último momento. Finalmente, el avión terminó haciendo un penoso aterrizaje de emergencia y en el accidente murieron diez personas.

La historia de este accidente constituye uno de los ejemplos que se estudian en los programas de entrenamiento de pilotos. Casi el 80% de los accidentes de aviación tienen su origen en errores humanos, y en muchos casos podrían haberse evitado si la tripulación hubiera trabajado más en equipo. Por eso su preparación y su selección no atiende sólo a la competencia estrictamente técnica, sino que presta una cuidadosa atención a cuestiones tan básicas como saber escuchar, desarrollar la capacidad de autocrítica y el espíritu de colaboración, mejorar la comunicación con los demás, etc.

Aunque los sucesos de nuestra vida diaria no tendrán habitualmente la carga trágica de un accidente aéreo, está claro que en cualquier ambiente pueden encontrarse ejemplos similares a aquel triste sucedido en la cabina de ese avión. Unos errores éticos, unas personas atemorizadas, un jefe tiránico, o cualquiera de las muchas combinaciones de deficiencias emocionales posibles, pueden tener múltiples consecuencias destructivas para la vida de una empresa, una familia, un centro de enseñanza o cualquier otra colectividad humana.

Cada día más necesario Las habilidades que fomentan la armonía entre las personas son cada vez más valoradas en el mundo profesional, y, por fortuna, el viejo prototipo de ejecutivo agresivo y belicoso está poco a poco dejando paso a otro perfil mucho más moderado e inteligente, más experto en las relaciones interpersonales.

Se trata de cuestiones cada día más patentes. Si una persona es incapaz de dominar su carácter, creará constantemente antipatías y resentimientos a su alrededor, o carecerá de la sensibilidad necesaria para captar lo que siente la gente que le rodea, y su valía personal y profesional quedará notablemente mermada.

Por el contrario, quien es capaz de sintonizar con los sentimientos de los demás, logrará salvar las diferencias personales antes de que se conviertan en abismos insondables. Tendrá capacidad para que las personas se unan en proyectos conjuntos y para crear un ambiente de trabajo que estimule el talento de cada uno. Y en lo que a él mismo se refiere, será capaz de conocer bien sus propias capacidades, concentrarse en su trabajo y saber cómo actuar para encontrar la necesaria motivación.




Autor: Oscar Schmidt | Fuente: www.reinadelcielo.org
La criba
Es inevitable que muchos caigan pesadamente en la hora de la prueba
 
La criba
Tuve que ir a mi diccionario para encontrar el significado de la palabra cribar. Significa filtrar, clasificar, purificar, depurar, separar lo bueno de lo malo, lo útil de lo inútil. Y es realmente una criba lo que Dios hace en Sus Viñas de cuando en cuando, para asegurar que la Obra avance sólo con aquello que está adherido del modo correcto; con aquello que está fuerte y sinceramente prendido del tronco del que brota la Gracia verdadera. Y también para forzar a que se desprendan las plantas parásitas que solo intentan robar de aquello que no les corresponde, de lo ajeno.

Dejen que trate de explicarme con un pasaje ocurrido en las cercanías del Mar de Genezaret, dos mil años atrás. Cuando Jesús alimentó milagrosamente a la multitud en Galilea, y les habló con Palabras de amor y consuelo, todos se sintieron protegidos y seguros. Jesús bajó entonces a predicar a la sinagoga de Cafarnaún, mientras la multitud lo siguió, esperando más comida gratuita y palabras consoladoras para el alma, más caricias. En Su Prédica, Jesús fue duro. Presentó Su mirada profunda de lo que abrigaban los corazones de muchos, la intención de recibir, no de dar. Les puso una carga en sus espaldas: la de trabajar, la de ser buenos, la de amar, la de ser humildes y aceptar el último lugar, la de servir y no ser servidos. Puso en carne viva las miserias que había que extirpar de los corazones, para que surja el nuevo y definitivo Pueblo de Dios, la nueva iglesia que debía nacer.

Casi todos se la tomaron a mal con Jesús, El tuvo que huir prácticamente bajo una lluvia de insultos y acusaciones, de gritos y amenazas. Los Doce, frustrados y enojados, le dijeron: ¿por qué los espantaste, si costó tanto trabajo juntarlos? Jesús les dijo entonces: ¿es que ustedes también me van a dejar? Los Apóstoles comprendieron que no importaba la multitud para Jesús, o que los que lo sigan sean muchos o pocos, sino que sean aquellos que estén dispuestos a hacer la Voluntad del Padre, y no simplemente estar para recibir algo, material o espiritual. Comprendieron la necesidad de poner a prueba a los seguidores, de someter a la criba, a la purificación, a los que se acercaban a Dios hecho Hombre.

Como ocurrió en aquellos tiempos, Dios nos atrae en algún momento de nuestra vida de un modo impactante, relevador. Se puede decir que en ese momento El nos golpea con un llamado de Amor, con una alegría interior incontenible que nos produce un deseo de trabajar para El, de hacer algo por los demás, de hacer brillar nuestro carácter de cristianos con una alegría chispeante, contagiosa. ¡Un deseo de seguirlo! Puede ocurrir durante nuestra niñez, adolescencia, o en cualquier momento de nuestra vida. La decisión de cuando es el momento indicado va por cuenta de El, exclusivamente. Incluso, Jesús puede hacerlo más de una vez en nuestra vida, si es que eso hace sentido a Su Plan de Salvación. En esos momentos nos sentimos felices, llenos de la alegría de ser hijos de Dios ¿Qué más podemos pedir?

Sin embargo, siempre Dios nos pone en el camino la hora de la prueba, para asegurarse de que comprendimos sinceramente el sentido del llamado. En la criba, aquellos que se acercaron a Su obra por interés material, se encuentran expuestos ante los demás en esa miseria insostenible que es la de mezclar el dinero con el espíritu. Aquellos otros que llegaron por vanidad y deseo de protagonismo y figurar bajo el halo de los reflectores, no soportan el ser enviados al último lugar y estallan de envidia y celos. Los que buscan dar lástima y ser siempre consolados por los demás, sin deseo alguno de dar, muestran su descontento y enojo cuando fallan a la hora de trabajar desinteresadamente por amor a los hermanos. Los que se aproximaron arrastrándose falsamente dando imagen de amigos, con la sola intención de destruir, son expuestos a su miserable verdad cuando no resisten su falsa actitud y sale a la luz su verdadero rostro.

Estas y muchas otras miserias son expuestas en la hora de la criba. Duele y mucho, porque quienes conducen las obras del Señor y Su Madre los vieron acercarse con enorme esperanza, alegría y deseo de que su intento de conversión sea duradero, sincero. Sin embargo, es inevitable que una cantidad de ellos caigan pesadamente en la hora de la prueba. Duele, pero así debe ser. Lo más triste es que casi nunca se van en silencio, sino que se alejan con una actitud de destrucción, de negación de la Presencia del Amor de Dios allí. Y suelen entonces unirse en un grupo, donde se alimentan mutuamente de palabras de critica y juicios del todo humanos. Lo hacen así para justificarse, ya que su conciencia les grita por el pecado cometido. Quieren que quede claro ante los demás que ellos hacen lo correcto, pero olvidan que para Dios nada puede ocultarse, no hay lugar para el engaño. Pueden engañar a algunos hombres, o a muchos, pero no a Dios ¡Qué El se apiade de sus almas!

Como en Cafarnaún, en la hora de la criba Jesús se queda rodeado de unos pocos. Pero son los que siguen adelante con humildad y sinceridad, y terminan pasando las muchas pruebas que Dios pone en su camino, alimentando a la Iglesia con su sangre, sangre de mártires. En aquella época eran mártires carnales, reales, porque eran muertos por el testimonio que daban. En esta época son mártires sociales, porque son asesinados socialmente ante los demás. Mártires en los dos casos, pocos pero valiosos, son quienes siguen inflamando las venas de la iglesia, son la sangre espiritual del Cuerpo Místico de Jesús.

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