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26 mayo 2011 4 26 /05 /mayo /2011 23:02
 
 
He hablado de normalidad, de rutina incluso, para describir cómo fue la vida en Nazaret durante tantos y tantos años. Y he dicho que para que ese tipo de vida fuese un trampolín para la santificación y no para la amargura o la frustración, es imprescindible la humildad. Pero no he dicho en qué consistió la rutina de María, qué fue lo que ella tuvo que hacer cada día, durante tantos días.
No es difícil de descubrir. Hay, incluso, un término para designar su tarea. Lo mismo que etiquetamos a alguien que arregla grifos con el nombre de “fontanero”, o al que construye casas con el de “albañil” o con el de “arquitecto”, así llamamos a una persona que hace lo que hizo María con el título de “ama de casa”.
“Ama”, en español, significa “dueña”, significa “señora”. “Ama” es la que ejerce el dominio, la propiedad, el mando. No cabe duda de que cuando el idioma, depurado por el paso de siglos y siglos de sabiduría y experiencia, ha acuñado ese término para designar a las mujeres que trabajan en su hogar, es por algo. Pocas veces el pueblo se equivoca y creo que en esta ocasión no lo hace.
Pero lo que no dice la fórmula, lo que no refleja el título, es que ese señorío, esa dominación, se hace desde el servicio, desde la entrega más absoluta. El ama de casa no tiene días libres. Cuando todos descansan, ella trabaja más. No conoce horarios, pues con frecuencia es la primera que se levanta y la última que se acuesta. No tiene, para colmo, ni sueldo ni seguridad social. Y, en no pocos casos, si su matrimonio se rompe, tiene que ver cómo la contentan con una pequeña pensión, cuando quizá renunció a ejercer una profesión brillante para consagrarse al cuidado de la familia y de los hijos.
El ama de casa, en la mayoría de los casos, ejerce, efectivamente un señorío. Pero es más parecido al de Jesús que al de los grandes de la tierra. Aquel Jesús que, en la noche del Jueves Santo, se ciño la toalla y se puso a lavarles los pies a los discípulos, para llamar su atención y darles un ejemplo.
Así es el ama de casa. Así fue María. Con la compra, con la colada, con el trapo del polvo, con la rueca, con la aguja y el dedal, con el ir y venir a la fuente, con las visitas a las amigas enfermas o a los parientes ancianos, así llenaba su día. Cuidaba de su hijo y de su marido. Cuidaba de ella misma, de su alma, dedicando tiempo cada día a la oración y no dejando que el trabajo consumiera todas sus horas. Así se le pasó la vida, casi toda la vida. Veía crecer a su hijo, veía envejecer y enfermar a su marido. Vio como morían sus padres y como moría José. Vio partir a su muchacho -hecho ya un hombre- y todo eso sin dejar ni un solo día de poner la olla al fuego, remendar una túnica gastada o hacer sus oraciones de la mañana y de la noche.
¡Qué ejemplo el de María!. ¡La sede de la sabiduría, la Reina de los Reyes, la Señora de los milagros, atizando el fuego para que cocieran las legumbres y preocupada por conseguir que el dinero llegara a fin de mes!.
Nadie como ella, por lo tanto, para enseñarnos a ser santos utilizando como material lo más corriente, lo más normal, lo más vulgar incluso.
Pero hay otra cosa típica del ama de casa. Y es que cuando vas de visita a su hogar, se esfuerzan en agradar, en sacar al invitado lo mejor que tienen. No por presumir -o al menos no siempre por ese motivo-, sino por amar.
Recuerdo mi primera vez en Nazaret, en la basílica de la Anunciación. Sentí su voz y ella me decía: “Bienvenido, estás en mi casa”. Después, como un ama de casa amable y solícita, me invitaba a pedir lo que quisiera, pues deseaba corresponder a lo que yo había podido hacer -aunque siempre menos de lo debido- a favor de los pobres y los necesitados. Y me lo concedió. Y no sólo a mí.
Aprendamos esa cualidad de María: no sólo la de transformar en grandes las cosas más pequeñas por el amor que ponemos, sino la de agradecer al que nos ha ayudado en algo. Seamos agradecidos. Seamos amables. Seamos corteses. Que la gente comprenda que, además de tener fe, tenemos también virtudes humanas: la de la gratitud, la de la amabilidad, la de los detalles.
 
Propósito: Agradecer a Dios que hemos tenido una madre en la tierra que se ha sacrificado por nosotros, a veces sin que lo valoráramos lo suficiente y sin que le diéramos las gracias.

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Published by Angel de Dios
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Comentarios

Nicodemo 06/13/2011 04:48



Muy buena entrada. Si no conoce el libro 'Vida de María', de Franz Willam, se lo recomiendo. Habla de todo esto en más detalle. Lo acabo de reseñar en mi blog. Saludos. 



Angel de Dios 07/08/2011 18:08



Gracias ... y Bendiciones



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