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27 septiembre 2010 1 27 /09 /septiembre /2010 19:23

 

El siguiente paso en la vida de María debió de ser el de su educación, a cargo, principalmente, de sus padres, pero en la que intervinieron también otras personas.

El pueblo judío era –y es- un pueblo muy culto. Hoy eso quizá llame menos la atención, pero en aquella época esa característica suya les hacía sobresalir extraordinariamente sobre el entorno. No es que en las demás culturas no hubiera escuelas, sino que entre los judíos la formación era obligatoria para todos, al menos para todos los varones.

 

La educación empezaba en el hogar y era eminentemente religiosa. Niños y niñas tenían que aprender la historia de las relaciones de Yahvé con el pueblo de Israel. Los padres y los abuelos educaban a los niños desde muy pequeños en la necesidad de observar las leyes divinas. Esa observancia estaba basada en el concepto de alianza y en el concepto de imitación y representatividad. Por el primer concepto, el pueblo debía cumplir los mandamientos dados por Yahvé a Moisés en el Sinaí si quería que el Todopoderoso les protegiera de las tribus vecinas, de las enfermedades o les diera buenas cosechas. El concepto de imitación y el de representatividad, invitaba al pueblo a ser consciente de que, dado que él era “el pueblo elegido” debía comportarse como tal si no quería dejar en mal lugar a Dios. Como Dios es santo, su pueblo también debe ser santo.

 

Cuando llegaban a cierta edad, los niños –generalmente no las niñas- acudían a la escuela que mantenía abierta cada sinagoga, a la que llamaban “la casa del libro”. Después se pasaba a otra escuela superior, también dependiente de la sinagoga, “la casa del estudio”. La mayor parte de la instrucción se daba oralmente y había muchas reglas nemotécnicas para que los niños aprendieran de memoria lo más importante de la Palabra de Dios y de los mandamientos.

Gracias a este sistema, escrupulosamente observado por todos, era raro el niño judío que no sabía leer y escribir. De hecho, su mayoría de edad –que ocurría en torno a los doce años- consistía en una fiesta que se celebraba en parte en la sinagoga y en la que el jovencito debía leer un texto de las Escrituras. Por desgracia, las niñas no recibían la misma formación y entre ellas sí que abundaban las analfabetas.

 

En el caso de María, debido a que era hija única y que sus padres eran gente de cultura, lo más probable es que supiera, ella también, leer y escribir, aunque eso se lo hubieran tenido que enseñar en su propio hogar. Lo que, con toda seguridad, no le faltó fue la debida instrucción religiosa. Su madre, Ana, y su padre, Joaquín, se esmeraron en educar a su hija en los preceptos judíos, tanto como en todas aquellas artes que una muchacha judía debía dominar: tejer con la rueca, cocinar, saber utilizar las plantas para extraer de ellas desde productos para lavar o teñir la ropa hasta medicinas caseras. Si de Jesús se dijo que iba creciendo “en edad, sabiduría y gracia”, lo mismo se pudo decir de la niña María. Y eso gracias a la dedicación de sus padres.

 

Contemplar esta etapa, relativamente larga y tranquila, de la vida de la Virgen nos debe llevar a meditar acerca de la educación que reciben los niños y los jóvenes actualmente. El trabajo de los padres, necesario para sacar a la familia adelante tanto como para la realización personal de ambos, trae consigo, con frecuencia, una menor dedicación a los hijos. Cuando se llega a casa, después de una jornada agotadora y de, cada vez con más frecuencia, largos atascos de tráfico, resulta árduo despojarte de tu cansancio para tomar la lección a uno o interesarte por las notas del otro. Quizá por eso muchos padres se desentienden de este asunto y lo delegan en los colegios y en la televisión. Ésta última se está convirtiendo, cada vez más, en una “tutora” de los niños, pues los pequeños son “enchufados” a ella con el fin de que estén distraídos y no den guerra. Y si eso lo podemos decir de la educación en conocimientos técnicos, mucho más se puede afirmar de la formación en valores y en sentimientos religiosos. En este campo hay una gran despreocupación por parte de una mayoría abrumadora de padres. Todavía el inglés, la informática o las matemáticas les motivan algo, pero les resulta indiferentes si el niño está incorporando principios éticos a medida que va creciendo. Cuando lleguen las consecuencias –los suspensos en comportamiento- será demasiado tarde para querer enderezar un árbol al que se dejó crecer a su aire, frecuentemente torcido.

 

Ver a María niña, educada religiosamente en su casa por sus padres, nos debe llevar a preocuparnos por la educación de los nuestros, especialmente de aquellos que dependen directamente de nosotros. Es una responsabilidad tan grande que podemos estar seguros de que Dios nos pedirá cuenta de ella de forma muy especial  cuando nos presentemos ante él al final de la vida. Aunque, por lo general, no habrá que esperar tanto para ser juzgados sobre este asunto, pues la vida misma se convertirá en un juez temible y poco misericordioso. Los padres serán juzgados sin piedad por la realidad, que les pasará factura en forma de malas contestaciones por sus hijos adolescentes que no han sido educados en la obediencia y el respeto debido a los mayores, o en falta de cuidados cuando lleguen a ancianos por hijos a los que no educaron en el espíritu de sacrificio.

 

  Propósito: Agradecerle a Dios por la educación que hemos recibido de nuestros padres e intentar educar correctamente a nuestros hijos.



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Published by Angel de Dios
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