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6 septiembre 2010 1 06 /09 /septiembre /2010 22:18
La Virgen María. XVIII Septiembre de 2010

 

 

Por tercer año consecutivo vamos a meditar sobre la Virgen María, como modelo de vida y en especial como modelo de agradecimiento. En el primer año nos detuvimos en ver qué decía el Magisterio de la Iglesia sobre ella (los dogmas marianos), que decía el pueblo de Dios (las letanías) y que decía ella misma (las apariciones). Al año siguiente –el curso pasado- hemos meditado sobre algunas virtudes que fueron especialmente practicadas por la Santísima Virgen, aunque ella es modelo de todas las virtudes. Este curso –y los dos siguientes, si Dios quiere- vamos a intentar adentrarnos en el misterio de su vida, para verla como un ejemplo a seguir cuando a nosotros nos toque, de algún modo, pasar por las pruebas que ella tuvo que pasar. Este año lo dedicaremos a la primera etapa de su vida, la que va desde su nacimiento hasta el inicio de la vida pública de Jesús. Como siempre, mes a mes iremos desgranando algunos puntos de esa vida para tomarlos como referencia en nuestra meditación y en nuestro comportamiento.

Primera semana

 María, criatura de Dios.

La plenitud de la Revelación que representa el Nuevo Testamento ha hecho olvidar a algunos, especialmente en nuestros días, todo lo anterior. Es como si se pretendiera volver a la antigua herejía que consideraba despreciable y caduco el trabajo llevado a cabo por Dios durante cientos de años en el pueblo de Israel. Para éstos, subyugados por el maravilloso rostro de Dios que Cristo nos muestra, ya no tendría sentido hablar de otra característica de la divinidad que no fuera la de Padre. Dios, vienen a decir, es Padre y con eso basta. De un plumazo suprimen los tesoros de luz con que el propio Dios iluminó la realidad divina, con tanta paciencia como esfuerzo a través de los patriarcas y los profetas.

Una de esas características divinas proscritas es la de Creador. Hay muchas más, pero conviene empezar por rescatar del olvido precisamente ésta. Y conviene hacerlo porque fue con ella con lo que empezó todo. Lo primero que un creyente cristiano –y no sólo cristiano sino también judío y musulmán- debe decir de Dios es que es el Creador. No es un artesano caprichoso que ensaya nuevas formas jugando con el barro dócil que le ofrece la evolución de las especies. Es alguien que ama al ser creado –la naturaleza entera y no sólo el hombre- antes de crearlo, lo mismo que un pintor ama su obra cuando la tiene en la cabeza y aún no ha logrado plasmarla en el lienzo, lo mismo que un escritor ama su libro antes de ponerse a escribirlo. Dios es, por lo tanto y antes que ninguna otra cosa, Creador. De ahí nacerán sus derechos sobre lo que ha creado y también, digámoslo, sus obligaciones. Suprimir, o minusvalorar, el concepto de Dios-Creador, deja demasiado a solas el concepto de Dios-Padre. Tan a solas que, forzosamente y casi sin pensarlo, se empieza a decir que todos los seres creados, especialmente los hombres, son “hijos de Dios”. La consecuencia inmediata es que se devalúa el sacramento del bautismo y la consiguiente pertenencia a la Iglesia. Vemos así como, de una omisión aparentemente insignificante y bienintencionada, se derivan consecuencias perniciosas y enseñanzas equivocadas.

Dios es Creador de todos, pero no es Padre de todos. Es Jesús, su único Hijo, quien nos da la oportunidad de ser “hijos en el Hijo”, de ser “hijos adoptivos del Padre”. La oportunidad se la brinda a todos, pero sólo la aceptan los que creen en su divinidad, en su mensaje, y como consecuencia se bautizan y empiezan a llamarse y a ser cristianos.

Sin embargo, todos los hombres, al margen de sus creencias o increencias, tienen a Dios como creador y son, por consiguiente, “criaturas de Dios”. En español, la palabra “criatura” tiene, entre otras acepciones, una habla de ternura, de una ternura procedente de aquel con quien la “criatura” tiene dependencia. Ser “criatura de Dios” es, por lo tanto, un hermoso título que nos asegura la protección por parte del “Dios de las criaturas”.

¿Qué puede tener esto que ver con la Virgen María?. Mucho, muchísimo. El hecho de que ella, aún no estando bautizada, hubiera recibido el fruto de la redención desde su misma concepción, no la exime de ser “criatura” de Dios, como cualquier otro ser humano. Como tal, María se supo siempre “dependiente” del Dios-Creador en el que creía, al que amaba y al que, no lo olvidemos, respetaba y obedecía. María, criatura de Dios, se sabía protegida por Dios, pero también se sabía obligada a obedecer a ese Dios y a aceptar que no todo lo que ocurriera en su vida podía entenderlo. Es decir, se sabía inmersa necesariamente en el misterio de Dios. Eso le permitía conciliar su fe en la intervención de Dios en la historia humana –típica del judaísmo- con la realidad dolorosa que, como a todo ser humano, le afectaba personalmente o veía a su alrededor.

Pero hay algo más en este concepto de criatura aplicado a María que una simple reflexión acerca de la necesidad de aceptar los misterios de la vida y de obedecer al Creador. Si Dios ha hecho al hombre, tal y como enseña la Biblia, la obra de Dios ha de ser, forzosamente, una obra buena. Claro que el pecado la corrompió, produciéndose así tantos desequilibrios y sufrimientos. Pero eso no afectaba a María, en la cual el pecado no había introducido nunca ni mancha ni desorden. María, criatura de Dios, era hermosa por ser obra del Creador y por ser una obra no contaminada por el pecado. La más hermosa desde Eva, la nueva Eva incluso.

¿Y qué tiene que ver eso con nosotros, que sí conocemos las consecuencias del pecado, tanto del original como del personal?. A imitación de María podemos reflexionar sobre, al menos, cuatro aspectos ligados a este primer título con que designamos a Nuestra Señora: Aceptación del hecho de que no todos los planes de Dios podemos entenderlos, debido a que Él es el Creador y nosotros las criaturas; obediencia al que nos ha sacado de la nada, dándonos todo lo que somos; respeto a la obra creada por Dios, tanto a la representada por la naturaleza como a los seres humanos incluidos los enfermos y débiles; aceptación de la propia realidad, como obra de Dios, al menos en aquello que no procede de la intervención dañina del hombre. Estos cuatro puntos son esenciales para establecer los principios de una correcta relación con Dios. De todos ellos, quizá el cuarto sea el más urgente. Hoy, debido a la publicidad que exalta unos modelos físicos y morales que la mayoría no pueden o no quieren imitar, muchos se consideran desgraciados porque no pueden ser altos, guapos, rubios, delgados y ricos. Habría que enseñarles a quererse a sí mismos, a querer la obra que Dios ha hecho en ellos, a comprender que Dios les ama y que les ama como son. Creer en ese amor de Dios es el punto de partida para vivir en paz e incluso para poder cambiar. Creer en el amor de Dios es poseer el punto de apoyo necesario para poder mover el mundo, empezando por el propio mundo.

 

 

 Propósito: Agradecer a Dios que nos haya creado, aunque nos parezca que lo que somos o lo que tenemos no es perfecto. Si nos fijamos sólo en lo que nos falta nunca podremos ser felices.

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Published by Angel de Dios
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