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12 septiembre 2010 7 12 /09 /septiembre /2010 19:29

Segunda semana

 

 

 

 

 Inmaculada.

 

Decir de María que fue concebida sin pecado original, llamarla Inmaculada, es hoy algo normal. Lo extraño, lo pecaminoso incluso, sería decir lo contrario. Sin embargo, en la historia de la Iglesia, hasta la proclamación del dogma relacionado con este asunto, no sólo eran los clásicos enemigos de la Virgen los que negaban este atributo mariano, sino que lo rechazaban también fervorosos devotos de María e incluso santos.

 

¿Por qué?. ¿Cómo es posible que un defensor de la Virgen como San Bernardo negara que ésta había sido concebida sin pecado original? ¿O que un sabio como Santo Tomás dijera que había sido después de la concepción, aunque antes del nacimiento de Jesús, que Dios había redimido a la futura madre de su Hijo?.

 

La explicación a estas aparentes contradicciones está en una frase de San Pablo, con la cual el apóstol de los gentiles quiere insistir en el carácter redentor de Cristo para toda la Humanidad. “Todos pecaron”, dice el apóstol, lo cual significa que no hubo excepciones en la comisión de pecados, bien sean éstos de carácter personal, bien sea el que a todos nos mancha como descendientes de Adán. Si Cristo era redentor de todos, nadie podía quedar a salvo de esa redención: Nadie, ni siquiera María. Por ello, también la Madre de Dios debería haber sufrido el pecado original, para así poder ser salvada y redimida por la sangre de su Hijo.

 

En contra de estas deducciones se elevaba el grito del corazón de la mayoría de los fieles. No entendían mucho de teología, pero amaban a la Virgen e intuían que la bondad de María era tan grande que no era posible que ningún pecado hubiera podido contaminar su hermosura. Además, otros teólogos, singularmente los de la escuela franciscana, argüían a favor del dogma de la Inmaculada diciendo que Cristo no había podido tomar carne de una carne contaminada, por lo cual aquella en la cual se encarnó el Señor debería estar totalmente exenta de pecado.

 

La solución vino gracias a los argumentos del franciscano Duns Scoto. Este aportó luz al problema utilizando un silogismo típicamente escolástico: Dios podía hacer el milagro de preservar a María del pecado original, pues para Dios nada hay imposible. Dios quería hacer ese milagro, por amor a María y por amor a su propio Hijo, para que él naciera en un seno incontaminado. Por lo tanto, Dios hizo el milagro y llevó a cabo una excepción con María preservándola del pecado original.

 

Duns Scoto fue más allá en su argumentación a favor del privilegio mariano. Recordó que hay dos formas de curar a alguien de una enfermedad. Una de ellas consiste en darle las medicinas que le salven, una vez que ya está enfermo. La otra, más eficaz, consiste en evitar que el posible enfermo la contraiga. El teólogo franciscano deshacía las objeciones de los que veían en María la huella del primer pecado diciendo que, efectivamente, también para ella su divino Hijo había sido redentor y salvador. La diferencia entre María y los demás es que a ella la salvó con una medicina “preventiva”, mientras que a los demás nos salvó después de estar manchados no sólo con el pecado original sino también con nuestros pecados personales.

 

Así, resuelto el aspecto teológico del problema, se llegó a la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de María, en 1854, acogido con gran alegría por la práctica totalidad del pueblo fiel. Pero, ¿por qué esa alegría, semejante, por otro lado, a la que embargó a los cristianos del siglo IV cuando María fue proclamada Madre de Dios?. La gente estaba contenta, ante todo, porque de su Madre amada se decía algo bueno, porque se ensalzaba a aquella a la que tantos favores le debían. Pero estaban contentos, también, porque intuían que si María era Inmaculada, “Purísima” como dice el argot popular, a ellos les iba a tocar algo de ese ensalzamiento por ser hijos de semejante Madre. Recuerdo una meditación de Chiara Lubich a este respecto. En ella, la fundadora de los focolarinos narra una conversación mantenida por ella con la Virgen. Chiara veía a María tan alta, tan excelsa, que se sentía incapaz de imitar a quien era proclamada Inmaculada y Madre de Dios. La Virgen venía en su ayuda y le prometía una especie de “inmaculatización” que se podía conseguir mediante el amor a ella y la práctica de los sacramentos. Así lo ha sentido el pueblo siempre, sin necesidad de grandes disquisiciones teológicas: si María es Inmaculada, Purísima, amarla, tenerla por modelo, nos hace más fácil el camino de la pureza, la lucha contra el pecado. La bondad del modelo repercute favorablemente sobre los que intentan imitarle.

Ama a María, por lo tanto. Venérala como Inmaculada, como limpia de todo pecado. Pero no te limites a proclamar dogmas y a ensalzar sus virtudes. Intenta ser como ella. Que el amor de ella por ti y tu amor por ella te “inmaculatice”, te proteja como un impermeable de la lluvia de pecados que caen sobre ti o que están dentro de ti. Si la amas querrás ser como ella. Si quieres ser como ella, lucharás contra el pecado, el que tú cometas y el que cometen los demás.

 

 Propósito Semanal: Agradecer a Dios por haber dado a la Humanidad una nueva oportunidad con la concepción inmaculada de María y pedirle que nos haga parecernos lo más posible a ella.

 

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Published by Angel de Dios
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