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4 junio 2012 1 04 /06 /junio /2012 17:08

Informe del Ministro General
al Capítulo Extraordinario del 2006

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II.- LA VIDA FRATERNA EN COMUNIDAD
Una fraternidad en obediencia caritativa y servicio mutuo
para dar testimonio de la reconciliación en Cristo
por encima de toda fractura

37. La palabra clave para interpretar nuestra vida y nuestra misión, en cuanto Hermanos Menores, es la palabra fraternidad. Somos una fraternidad. En la fraternidad acogemos a los hermanos que el Señor nos da; en la fraternidad, cultivando los valores humanos, caminamos hacia la madurez humana, cristiana y franciscana; en la fraternidad acogemos la Palabra del Señor, y desde la fraternidad, como hermanos, vamos al mundo para anunciar la Buena Noticia. Si preguntamos al bienaventurado Francisco de Asís, quién eres tú; él nos responderá: soy el hermano Francisco. Y si le pedimos que nos hable de su vida, él, con palabras de Testamento, nos hablará sólo de dones de su Señor, de obras de Dios, de gracia de Dios, pues el Señor le dio el comenzar a hacer penitencia, el Señor le dio fe en las iglesias, el Señor le dio fe en los sacerdotes que viven según la forma de la santa Iglesia Romana, el Señor le dio hermanos. De la misma manera que no podríamos entender la vida del bienaventurado Francisco sin la gracia de la penitencia y la sencillez y certeza de su fe, tampoco se puede entender sin la presencia de los hermanos que el Señor le ha dado. La vida y la misión de un Hermano Menor no se pueden entender sin la gracia de la penitencia, sin la fuerza de la fe, sin los hermanos que el Señor quiera darle.

La fraternidad franciscana, como toda vida fraterna en comunidad, es participación en la comunión trinitaria, y nace de la conciencia viva de que somos «hijos del Padre celestial y hermanos de Jesucristo en el Espíritu Santo» (CCGG 38). La fraternidad es pues, antes de cualquier otra cosa, un don que hemos de acoger con gratitud. Pero es también una tarea que supone esfuerzo y empeño para construirla, respetando siempre la persona del hermano, don de Dios, tal como es (cf. EP 85).

Esta forma de vida, la vida fraterna en comunidad, tiene, como valores unificadores, la unidad de fe y la unidad de proyecto de vida evangélica, que para nosotros se concretan en la Regla y en las Constituciones (cf. CCGG 42 § 2). Al mismo tiempo tiene como "estructuras" base la persona del hermano, en cuanto ser en relación, y la figura del guardián, en cuanto animador de la vida de los hermanos que el Señor le ha confiado.

La más alta vocación del hombre es «entrar en comunión con Dios y con los otros hombres, sus hermanos» (VFC 9). La Iglesia, «desde el primer momento, se caracteriza como fraternidad y comunión en la unidad de un solo corazón y de una sola alma» (VFC 9). «La historia de la vida consagrada testifica modos diferentes de vivir la única comunión -eclesial-, según la naturaleza de cada instituto». «La vida fraterna en común se ha manifestado siempre como una radicalización del común espíritu fraterno que une a todos los cristianos» (VFC 10). Para nosotros los Hermanos Menores, la vida fraterna en comunidad representa uno de los elementos esenciales de la forma de vida, un criterio ineludible de discernimiento para acercarnos a la verdad de nuestra adhesión a Cristo, y es también uno de los puntos nucleares de un auténtico testimonio de vida evangélica. Precisamente por ello, la vida fraterna en comunidad es uno de los pilares de la refundación de nuestra Orden, que se define como «una fraternidad» (CCGG 1 § 1).

¿Qué camino hemos hecho en los últimos años en lo que se refiere a la vida fraterna? ¿Cuáles son los desafíos a los que nos enfrentamos?

SIGNOS DE VIDA

38. Nuestra Orden ha participado, con todos los institutos de vida consagrada, en el proceso de renovación impulsado por la fuerza del Espíritu y la palabra del Concilio Vaticano II. Uno de los aspectos de nuestra vida donde mejor se pueden apreciar los signos de renovación, fruto de la obediencia de los hermanos al Espíritu y a la Iglesia, es precisamente el de la vida fraterna en comunidad.

Nuevo rostro de nuestras fraternidades

39. A pesar de las dificultades experimentadas, bien podemos hacer nuestro el diagnóstico que el documento Vida fraterna en comunidad hace de la vida consagrada en general. «Existe -afirma dicho documento- una opinión generalizada de que la evolución de estos últimos años ha contribuido a hacer madurar la vida fraterna en las comunidades. En muchas de ellas el clima de convivencia ha mejorado; se ha facilitado la participación activa de todos; se ha pasado de una vida en común, demasiado basada en la observancia, a una vida más atenta a las necesidades de cada uno y más esmerada a nivel humano» (VFC 47).

Sí, ha mejorado la participación de los hermanos en la toma de decisiones, hemos mejorado en el respeto a la persona, en la capacidad de enfrentarnos en cuanto fraternidad a los conflictos, en el discernimiento comunitario, en la calidad humana. Nuestras comunidades hoy son «menos formalistas, menos autoritarias, más fraternas, más participativas» (VFC 47). Se pasó de poner el acento sobre lo comunitario a ponerlo en la dimensión fraterna, entendiendo las fraternidades más como lugar de comunión, «donde las relaciones son menos formales y donde se facilitan la acogida y la mutua comprensión» (CdC 29).

Mediaciones en la construcción de la fraternidad

40. Entre las mediaciones que ayudaron a mejorar la calidad de vida fraterna cabe señalar: el proyecto de vida fraterna trabajado en muchas Entidades y, en no pocas, elaborado con pasión y con participación activa de los hermanos, siendo evaluado periódicamente; la lectura orante de la Palabra en fraternidad que poco a poco se abre camino en la vida de muchas fraternidades, manifestándose en ellas como un instrumento de gracia para el crecimiento interno de las mismas y para la acción pastoral; el capítulo local y demás encuentros de la fraternidad, que están dando frutos maravillosos en aquellas fraternidades en las que no se reducen a encuentros para resolver problemas de administración, sino que se aprovechan para la formación, para la elaboración y la evaluación del proyecto de fraternidad y la comunicación auténtica y profunda, no sólo de las actividades sino también de la vida de los hermanos. Muy importantes y fecundos se están mostrando también los encuentros a nivel provincial o capítulos de las esteras, y las reuniones interprovinciales, particularmente las de carácter formativo.

El ministerio del guardián

41. El ministerio del guardián se está revelando fundamental en la construcción de la fraternidad. En estos años, la experiencia y la reflexión nos han ayudado a ver, en el oficio de los guardianes, un ministerio al servicio de la comunión de los hermanos con Dios y entre sí, un ministerio que anime en la fraternidad el seguimiento de Cristo, un ministerio al servicio del Evangelio -máxima autoridad en la fraternidad-, del carisma y de cada hermano, un ministerio de acompañamiento espiritual por el cual el guardián debe inspirar, suscitar y exigir una repuesta íntima, sincera y responsable, de tal modo que cada hermano y la entera fraternidad vivan y lleven a cabo su vocación y su misión.

La comunicación

42. También la comunicación aparece como imprescindible en la construcción de la vida fraterna. Si para llegar a ser hermanos es necesario conocerse, para conocerse es imprescindible comunicarse. Cuando hay comunicación, el aire que se respira en la fraternidad es aire limpio y sano, las relaciones se vuelven más estrechas y familiares, se alimenta el espíritu de participación, y crece el sentido de pertenencia. En cambio, la falta de comunicación deteriora la comunión fraterna hasta destruirla.

Ciertamente, hemos crecido en capacidad de comunicación, gracias a boletines de todo tipo, incluidos los que nos llegan por Internet, a múltiples formas de encuentros fraternos, a los encuentros personales con los guardianes, con los Ministros o con los miembros de los Definitorios. En la vida de cada hermano estos encuentros representan momentos preciosos para escuchar a los otros, compartir con ellos las propias ideas y evaluar juntos el camino recorrido. Entre los encuentros fraternos cabe señalar: los del Ministro general y el Definitorio general con los Presidentes de las Conferencias, con cada Conferencia, con los Ministros provinciales y con los Visitadores; los encuentros continentales de Conferencias, de Definitorios de varias Entidades, de Ministros y formadores de la misma Conferencia, de animadores y coordinadores de las diversas áreas de actividad en las Conferencias de Ministros provinciales; los encuentros de los Ministros provinciales y los miembros del Definitorio provincial con los hermanos, particularmente con los guardianes; los encuentros especiales, como los capítulos de las esteras o los capítulos espirituales.... Todo esto ha favorecido la participación y el interés por la vida de las fraternidades locales y provinciales.

La colaboración

43. Los hermanos han mejorado en gran medida su capacidad de trabajar unos con otros para la realización de fines comunes. Baste citar la colaboración en la formación inicial con casas comunes o interprovinciales, particularmente en la etapa de noviciado; centros de estudios interprovinciales; experiencias de formación permanente y de evangelización comunes a varias Entidades. Particular mención en este campo merecen las fraternidades interprovinciales e internacionales. En un mundo desgarrado por el odio étnico y las locuras homicidas, estas fraternidades tienen una misión profética, la de «dar testimonio del sentido de la comunión entre los pueblos, las razas, las culturas» (VC 51). Es significativo a este respecto notar que todas las Casas dependientes directamente del Ministro general, las de Roma -Santa María Mediatrice (Curia), San Antonio, Fr. Gabriel María Allegra, Letrán-, la de Grottaferrata, la de Bruselas, la de Estambul y la de Waterford (USA), son Casas internacionales.

Importante es la colaboración que se está dando en la Orden para la realización de los Proyectos misioneros dependientes del Ministro general: Rusia-Kasakhistan, Tailandia, Sudán y Miamar; así como para otros Proyectos relacionados con las misiones, como Tierra Santa, Marruecos y África. (La misión de Marruecos aun cuando se encuentra en África, sin embargo, por tener unas características muy peculiares respecto al resto de nuestra presencia en África, es considerada como un proyecto aparte).

LLAMADAS A LA CONVERSIÓN

44. El camino que juntos hemos recorrido en estos últimos 40 años, en cuanto a renovación de la vida fraterna, ha sido largo y altamente positivo, pero la meta para llegar a formar una fraternidad tal y como la quiere Francisco (cf. 2 R 6,8) está todavía lejos.

En la vida fraterna, como en las demás dimensiones de nuestra vida franciscana, resulta imposible separar netamente las luces de las sombras, por lo que los signos de vida no dejan de ser llamadas a la conversión. Entre éstas últimas señalo las siguientes:

Desencanto y escepticismo

45. Sobre nuestra vida fraterna en comunidad pesan las sombras particularmente densas del desencanto y del escepticismo, alimentadas, no pocas veces, por resultados poco satisfactorios, que no se corresponden con el esfuerzo realizado para conseguirlos. El pasar del decir al hacer, del diagnóstico a la terapia, del programa a la vida, del carisma a la realidad del día a día, no tiene nada de fácil.

Hablando de la fraternidad tal vez hemos sido demasiado ingenuos, pensando que bastaría liberar a nuestras comunidades de ciertas trabas, de cuadros demasiado rígidos, para que la caridad encontrase su libre expresión y lograra así crecer y expansionarse. Pero nos hemos encontrado con la sorpresa de que lo primero que se ha manifestado, muchas veces, han sido diferencias y tensiones: diferencias no aceptadas de mentalidad, diferencia no aceptada de opiniones, tensiones producidas por diferencias no aceptadas de caracteres, diferencias y tensiones que antes estaban ocultas o encubiertas por la uniformidad de la vida común. Cuando han salido a la luz, en la vida de muchos hermanos se insinuó, por desaliento, el desencanto y el escepticismo.

Si no queremos sucumbir a esta tentación hemos de ser realistas y asumir que construir fraternidad no es nada fácil, sino que lleva consigo ascesis y sacrificio, y que no es posible sin la entrega de cada uno; hemos de asumir las dificultades como retos y no como derrotas, y hemos de enfrentarnos a los conflictos con madurez, tacto y atención, sin forzar las cosas. Esto exige respeto, comprensión, humildad y diálogo, sin cortar nunca la comunicación afectiva, ni buscar un chivo expiatorio. Construir fraternidad lleva consigo también aceptar con serenidad un sano y legítimo pluralismo.

No se trata de vivir en fraternidades ideales, que no existen, sino de llevar una vida fundada en la caridad, la fe, el perdón, la aceptación de cada uno como es: con sus cualidades y flaquezas. Nos ha tocado vivir un tiempo de edificación y construcción continuas. La unidad que estamos llamados a construir es una unidad que se establece a precio de la reconciliación. Creo muy urgente el que, desde el comienzo de la formación inicial, preparemos a nuestros hermanos más jóvenes a ser constructores de fraternidad y no sólo consumidores, a ser responsables unos de otros y a recibir a los demás, en su diversidad, como un don de Dios.

Las divisiones

46. A pesar del camino ya recorrido en la construcción de la fraternidad, sigue habiendo divisiones entre nosotros: divisiones en el seno de las Entidades -que se hacen notorias a la hora de los Capítulos-, divisiones en los Definitorios de las Provincias o de las Custodias -que impiden a veces el gobierno de una Entidad-, divisiones en las fraternidades locales.

Las divisiones tienen siempre su origen en el pecado de orgullo. Éste es el que hace degenerar en división de los hermanos las visiones diferenciadas de la vida franciscana, o los modos distintos de entender la misión. El orgullo es el pecado que hace degenerar en divisiones los que pudieran ser legítimos intereses personales o de grupo, y empuja a algunos hermanos a formar grupos de poder, para alcanzar dentro de ellos privilegios económicos o posiciones de prestigio.

Ante tales hechos, que no dudo en calificar de muy graves, nos hemos de preguntar ¿a qué hemos venido a la Orden?, ¿qué es lo que nos mantiene dentro de la fraternidad?

Las divisiones entre nosotros son un verdadero escándalo que no podemos justificar desde nuestra opción por una vida fraterna en comunidad. Las divisiones son una negación visible de lo que nuestra identidad exige: ser y manifestarnos como hermanos, que acogen al "otro" como un don del Señor a la fraternidad (cf. Test 14; CCGG 40).

Las carencias en la comunicación

47. Como ya dije, hemos mejorado mucho en el campo de la comunicación, pero todavía queda mucho camino por recorrer para alcanzar un nivel de comunicación que nos ayude a crecer juntos. Sin olvidar los logros en este campo, quiero subrayar la necesidad de caminar hacia una comunicación más extensa y más intensa, una comunicación más amplia y más profunda.

Veo que nuestra comunicación adolece de superficialidad. Solemos comunicar lo que hacemos, comunicamos menos lo que pensamos, y todavía menos lo que sentimos y proyectamos. Veo sobre todo deficiente entre nosotros la comunicación de los bienes del Espíritu, una comunicación de la fe y en la fe. Consecuencia amarga de todo ello es el «desconocimiento» recíproco de los hermanos. No nos conocemos verdaderamente, a niveles de conocimiento que sería lícito suponer -y aun exigir- entre quienes hemos sido llamados a amarnos y cuidarnos recíprocamente «con mayor diligencia que una madre ama y cuida a su hijo carnal» (CCGG 38).

No nos engañemos, la falta y pobreza de comunicación genera, antes o después, debilitamiento de la fraternidad, a causa del desconocimiento de la vida del otro, «que convierte en extraño al hermano y en anónima la relación, además de crear verdaderas situaciones de aislamiento y de soledad» (VFC 32). La falta de comunicación alejará de nuestras fraternidades la alegría, medida exacta de la comunión entre nosotros, con lo cual nuestras fraternidades se irán apagando poco a poco, y muchos se verán tentados a buscar fuera lo que no encuentran en su casa.

Para comunicar no basta hablar; se puede hablar mucho y comunicar poco o nada. No basta tampoco con hablar de temas y problemas marginales; y mucho menos aún se contribuye a la comunicación entre los hermanos cuando lo que se transmite no pasa de la categoría de chismes. Es necesario crear en nuestras fraternidades sistemas de comunicación abierta, humilde y sincera. Y dado que no existen recetas mágicas, aquí también hemos de ser creativos, recordando que sin una comunicación normal, fluida, sincera, una fraternidad no avanza ni humana ni espiritualmente. Y tengamos en cuenta que esta comunicación se da a varios niveles. Hay una comunicación, por ejemplo, que llena el 70% de nuestras relaciones. Me refiero a la comunicación no expresada con palabras (gestos, silencios, rostros...). Hay silencios más elocuentes que mil palabras.

Para llegar a una comunicación auténtica, es necesario crear ambiente de confianza, sinceridad y transparencia, hacerse uno vulnerable a los demás. Sin estos ingredientes y sin la vivencia de los valores humanos de educación, control de sí, delicadeza, sentido del humor, capacidad de diálogo, cortesía..., nunca llegaremos a una comunicación que nos lleve a crecer en el seguimiento de Jesucristo.

La invasión de los medios de comunicación

48. Vivimos «invadidos» por los medios de comunicación, particularmente por la televisión, Internet, los teléfonos móviles. No pocas veces, esto condiciona fuertemente la comunicación y por ello también la vida fraterna.

Donde esto fuere así, se ha de poner remedio. Los medios de comunicación son buenos si se usan con discreción, son nefastos si nos hacemos esclavos de ellos. Particularmente nocivo puede llegar a ser el uso de Internet, si se hace sin el necesario discernimiento.

En estos momentos, entre nosotros, particularmente en algunas áreas geográficas, se impone una mayor austeridad y discreción en el uso de los medios de comunicación. Se impone también una educación adecuada para la utilización de dichos medios, en orden al crecimiento personal y fraterno en la forma de vida que hemos abrazado por la profesión. Personalmente estoy convencido que ha llegado el momento de hacer un serio discernimiento del uso que hacemos de estos medios que, utilizados con responsabilidad, no dudo en calificar como excelentes para el anuncio del Evangelio y de los valores franciscanos, para facilitar el estudio y la investigación, y para desarrollar una comunicación más estrecha entre los hermanos (cf. RS 139-141).

¿Por qué en los capítulos locales y provinciales no se hace una evaluación de cómo utilizamos los medios de comunicación?

Individualismo

49. La del individualismo es tentación presente en todos los tiempos, pero parece que en los nuestros, esta tendencia al aislamiento y al egoísmo en las relaciones, se ha manifestado con renovado vigor -también en la vida franciscana-. A veces tengo la impresión de que no tenemos tiempo para pensar en los demás -porque los propios problemas nos ocupan demasiado-, o de que impera entre nosotros la ley del sálvese quien pueda. He constatado muchas veces que nos falta tiempo para estar con los demás: tiempo para orar juntos, tiempo para comer juntos, tiempo para recrearnos juntos. Veo con tristeza que el individualismo de muchos hermanos está destruyendo, como un cáncer maligno, su identidad franciscana; como también observo que el trabajo asumido por los hermanos se puede transformar para ellos en ocasión de aislamiento; y lamento que a veces los lugares de misión se escojan con el inadmisible criterio de satisfacer intereses individuales, olvidando que siempre somos enviados de la fraternidad y que siempre somos enviados como hermanos.

Frente a la cultura del subjetivismo que nos arrastra al individualismo, a prescindir del otro, hemos de optar por la cultura de la fraternidad, que me lleva a asumir que mi «yo» no puede existir sin el «tú» y que nuestra realización como consagrados y como Hermanos Menores pasa a través de la vida fraterna. Hemos de continuar creciendo en el sentido de pertenencia recíproca: los demás me pertenecen y yo les pertenezco. Es este un aspecto de nuestra vida que hemos de tener muy presente en la formación, tanto inicial como permanente.

EN CAMINO PARA PASAR
DE LO BUENO A LO MEJOR

50. Para acortar las distancias, a veces muy visibles, entre lo que deberíamos ser en cuanto Hermanos Menores y lo que realmente somos, entre el magnífico ideal de la fraternidad, tal como la vivió y la propone Francisco, y la modesta realidad en que nos encontramos, me limito a señalar algunos pasos que considero necesario dar en estos momentos, para que la vida de comunión en fraternidad sea claramente profética.

De la vida en común a la comunión de vida

51. Muchos de nosotros hemos sido formados más para llevar una vida en común que para la comunión de vida, más para la observancia de reglamentos y normas que para la vida en fraternidad.

Si es cierto que ha llegado el momento de hacer de la Iglesia «casa y escuela de comunión», y si, para la misma Iglesia, la comunión se presenta como el gran desafío al comienzo del tercer milenio (cf. NMI 43), no lo será menos para la vida consagrada en general y para la vida franciscana en particular, llamadas como están a ser «expertas en comunión» y signos de comunión en la Iglesia (cf. VC 46).

Nuestra «vocación específica a la vida de comunión en el amor» (CdC 28), está exigiendo de nosotros ser personas «forjadas interiormente por el Dios de la comunión benigna y misericordiosa, y comunidades maduras donde la espiritualidad de comunión es ley de vida» (CdC 28).

Para lograr meta tan alta y significativa, no basta programar actividades, es necesario, sobre todo, «promover una espiritualidad de comunión», proponiéndola como dimensión fundamental e imprescindible en cualquier etapa de formación, tanto inicial como permanente (cf. NMI 43).

Este camino supone, en palabras de Juan Pablo II, dirigir la «mirada del corazón hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado»; «capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como uno que me pertenece»; ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un "don para mí, además de ser un don para el hermano mismo que lo ha recibido directamente"; saber "dar espacio" al hermano, llevando los unos la carga de los otros(cf. Gál 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que nos acechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. El Papa, siendo muy realista, termina diciendo: «No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medio sin alma, máscaras de comunión, más que sus modos de expresión y crecimiento» (NMI 43).

La comunión de la que hablamos no puede entenderse solamente «hacia dentro de la fraternidad», debe extenderse también «hacia fuera de ella». Comunión con la Iglesia y, concretamente, con los Pastores, en primer lugar con «el señor Papa». Una comunión «de mente y de corazón», vivida con «lealtad y testimoniada con nitidez» (VC 46), que presupone una relación efectiva y afectiva. Comunión con los demás institutos de vida consagrada, particularmente con los que forman la Familia franciscana. Ello nos permitirá descubrir las raíces comunes evangélicas y acoger juntos, con mayor claridad, la belleza de la propia identidad en la variedad de nuestros respectivos carismas. Para ello es necesario favorecer los encuentros entre congregaciones, la solidaridad recíproca y la colaboración en proyectos de evangelización. Si dolores, gozos y preocupaciones son de todos, no parece aceptable que afrontemos el futuro en dispersión. Finalmente, la comunión con los laicos, en especial con los seglares franciscanos. La Iglesia es una, y las diversas vocaciones han de ser acogidas y vividas en la unidad misteriosa del Pueblo de Dios.

Este «camino de comunión» ha de ir acompañado de algunos «sacramentos de comunión» que, a la vez, la manifiestan y la potencian. En este sentido, se han de cuidar los espacios para la escucha y el encuentro: de los hermanos entre sí, de los hermanos con sus pastores, de los hermanos con los demás religiosos -particularmente con los más cercanos a nuestras raíces carismáticas-, y de los hermanos con los laicos.

El paso de la vida en común a la vida de comunión fraterna exige conversión, exige cambiar la mentalidad y, sobre todo, el corazón. ¿Estamos dispuestos a ello? Nuestra pedagogía/metodología formativa, ¿favorece una formación para la observancia de la vida comunitaria, o una formación para la vida de comunión en fraternidad? ¿Qué espacio damos a la formación en la espiritualidad de la comunión de vida en fraternidad?

De la centralidad del hacer
a la necesaria armonía entre el ser y el hacer

52. En la totalidad de nuestras Entidades y en la mayoría de los hermanos se puede decir que vivimos en el predomino práctico del hacer. Lo experimento yo mismo cuando escucho a los hermanos y visito las Entidades, y lo destacan muchos de los Visitadores generales en sus Informes después de la Visita Canónica a una Entidad: los hermanos trabajan mucho y, por lo general, bien, pero con mucha frecuencia son víctimas del activismo. Por otra parte, se puede constatar fácilmente que, al mismo tiempo que en las Entidades de la Orden disminuyen las fuerzas, porque somos cada vez menos y cada vez con más años, aumenta el trabajo, porque tenemos cada vez más obras y son cada vez más ambiciosas.

El activismo pone en peligro no sólo el proyecto evangélico de vida, tal como lo proponen la Regla, las Constituciones y las Prioridades, sino también la misma salud física y mental de los hermanos. Como indiqué anteriormente, son muchos los que no tienen tiempo para el Señor, ni para los demás miembros de la propia fraternidad, ni siquiera para sí mismos.

Ante tal «adicción» me he preguntado en más de una ocasión y hoy me pregunto con vosotros: ¿Qué opciones están a la base de las diversas formas de activismo? ¿Qué se esconde tras él? Quisiera pensar que, en la mayoría de los casos, el activismo manifiesta la generosidad de los hermanos, que no ahorran esfuerzo alguno en el servicio a los demás. Pero al mismo tiempo, el sentido de la realidad me lleva a pensar que, a la base de tanta actividad, está con frecuencia la necesidad personal de «sentirse realizado», de dejar una «obra» para la posteridad, de cierto protagonismo, o, simplemente, la fuga de uno mismo y del compromiso con las exigencias de la vida franciscana. Lo cierto es que tanto en un caso como en el otro, nuestra «actividad absorbente», y a veces nuestra «generosidad patológica», hace que otras dimensiones fundamentales de nuestra vida se vuelvan irrelevantes, particularmente la vida fraterna en comunidad. Es normal: las fuerzas son limitadas y si nos volcamos en una dimensión, las otras sufrirán.

Sin defender a los llamados «frailes de misa y olla», sin justificar el ocio y el «estar ocupados todo el día en no hacer nada», propio de los «hermanos mosca», que siempre hubo y sigue habiendo en nuestras fraternidades, y que nada tienen que ver con la forma de vida que hemos abrazado (cf. 2 Cel 161), hemos de recuperar con urgencia el justo equilibrio entre el hacer y el ser. Considero urgente que hagamos opción por un «proyecto de vida ecológico», equilibrado, un proyecto que ponga cada cosa en su sitio, según la jerarquía que a cada una corresponde en nuestra forma de vida.

Por otra parte, el activismo mina en sus raíces más profundas uno de los valores típicos del franciscanismo: la gratuidad. Los hermanos, muchas veces, vienen valorados por lo que hacen y por lo que aportan, y las actividades se evalúan por lo que producen. Estos criterios hieren de muerte la gratuidad que ha de estar presente en nuestros trabajos y servicios, y la valoración de las personas por lo que son en sí mismas.

Si queremos progresar en la vida fraterna en comunidad, entre otras cosas, se impone llevar a cabo una revisión seria sobre los criterios valorativos que guían nuestra acción, revisión no sólo a nivel de criterios personales, sino también comunitarios, e incluso a nivel de la Orden. Al mismo tiempo, a nivel fraterno y a nivel personal, se hace urgente optar por una jornada ecológica que esté animada por el proyecto de vida personal y fraterno; una jornada en la que haya tiempo para la oración personal y fraterna, tiempo para el estudio, tiempo gratuito para estar con los hermanos, tiempo para la reflexión, tiempo para la confrontación, tiempo para uno mismo. En la construcción de la jornada ecológica, el proyecto de vida -personal y fraterno- se presenta como una mediación muy importante, pues favorece el discernimiento personal y comunitario, con todo lo que el discernimiento lleva consigo: estar juntos, comunicarse, escucharse con respeto, llegar a un cierto consenso. En este sentido, el proyecto personal y fraterno de vida es un fuerte antídoto contra uno de los "tumores" de nuestra vida fraterna: el individualismo.

En la vida cotidiana, ¿tenemos una jornada ecológica, o somos "adictos" al trabajo (activismo)? ¿Qué opciones de vida están a la base de nuestro activismo o de nuestra irresponsabilidad ante la "gracia" del trabajo? ¿Qué nos está exigiendo, en la vida concreta de cada día, el paso de la centralidad del hacer a la deseable armonía entre el ser y el hacer? ¿Tendremos la valentía de redimensionar nuestras actividades para poder vivir una "jornada ecológica"? ¿Cómo estamos saliendo al paso del creciente individualismo que tantas veces constatamos?

De la obsesión por la eficiencia/eficacia
al gozo por el ágape

53. Nuestra sociedad mide el éxito del esfuerzo por la rentabilidad obtenida. Y no sólo: con demasiada frecuencia valora a las personas por lo que producen, aportan o cotizan, o por lo que aparentan. Esta lógica puede llevar a la exclusión de muchos hermanos que aun valiendo, no producen, ni aportan, ni aparentan.

Ante este peligro, más que hipotético, si queremos realmente potenciar la vida fraterna en comunidad, se hace necesario descubrir el valor del hermano por lo que realmente es: don del Señor (cf. Test 14). Se impone, también, descubrir y valorar adecuadamente la gratuidad: se ama al hermano, no por lo que es capaz de hacer o aportar, sino simplemente porque es hermano, uno que me pertenece, «regalo de Dios, un don para mí» (NMI 43).

Sólo quien hace este doble descubrimiento podrá experimentar el gozo del ágape: amor gratuito y sacrificado que lleva a compartir las alegrías y los sufrimientos de los hermanos, «amor oblativo» (Dc 7) que se ocupa del otro y se preocupa por el otro (cf. Dc 6). Sólo quien hace este doble descubrimiento podrá «dar espacio al hermano», ofrecer al otro «una verdadera y profunda amistad», hasta llegar a saltar las barreras que de otro modo las diferencias harían insalvables (NMI 43). No se trata de edificar fraternidades gratificantes, sino de amar al hermano aun cuando de su parte no encuentro respuesta alguna.

Veo urgente la necesidad de convertirnos a esa forma de relación que el Nuevo Testamento llamó ágape: amor personal, amor a Dios, amor al prójimo, amor mutuo, amor al hermano; veo urgente la necesidad de afirmar su primado en nuestra vida de Hermanos Menores. ¿Cómo de otro modo podríamos cumplir la voluntad de Francisco de amarnos siempre mutuamente? (cf. TestS 3). Sólo quien cree en la caridad, que es Dios, y vive en ese amor, se compromete seriamente en la construcción de la fraternidad. Nuestra vida y todo lo que ella comporta sólo se comprende como experiencia de comunión en el amor.

Se trata de una verdadera conversión, que implica la mente, nuestro modo de pensar, de situamos ante la vida y sus problemas, de hacer opciones, y los criterios con que valoramos a las personas. Se trata de estar alerta con nosotros mismos para no ceder a la tentación de la eficiencia en un mundo donde ésta parece autorizar el que se pisotee el ágape. Se trata de asumir en la vida cotidiana la convicción de que la verdadera eficacia cristiana y franciscana está en el ágape, al cual todo lo demás se debe subordinar.

¿Estamos dispuestos a ello? ¿Qué esperamos de la fraternidad? ¿Nos situamos en ella como verdaderos constructores a base de "ágape" o come simples consumidores? ¿Para qué nos formamos y formamos, para sentirnos bien en la fraternidad o para ser semejantes a Cristo, hacer como él ha hecho, amar como él ha amado?

De la simple amistad, o de la afinidad de intereses,
a una familia unida en Cristo

54. Entre los valores humanos que deberían caracterizar nuestras fraternidades, las Constituciones Generales señalan «la mutua amistad» (CCGG 39). La amistad puede jugar un papel importante en la construcción de la vida fraterna en comunidad, siempre y cuando «el grupo de amigos» no sea un grupo cerrado, sino abierto a acoger al "otro", al "diverso", al "distinto", permitiéndole seguir siendo él mismo; y siempre y cuando la amistad esté animada por una opción de fe. También el interés o la misión común pueden ayudar a aglutinar fuerzas, siempre y cuando los intereses no sean individuales y la misión sea fruto de un discernimiento comunitario y consensuado con el resto de la fraternidad provincial o universal.

En la vida de nuestras fraternidades locales, provinciales, y en la fraternidad universal es fácil constatar la existencia de grupos cerrados, nacidos de intereses partidistas, o por simple amistad que no tiene en cuenta la dimensión de fe que supone nuestra fraternidad. En ambos casos se generan divisiones, que poco o nada tienen que ver con una fraternidad franciscana que se autodefine como «familia unida en Cristo» (ES II, 25), en la que por encima de todo se ha de buscar y amar a Dios (cf. CCGG 45 § 1) y en la que los hermanos hemos de intentar aceptarnos unos a otros en nuestra propia realidad, tal y como somos y en plan de igualdad, «por encima de la diversidad de caracteres, cultura, costumbres, talentos, facultades y cualidades» (CCGG 40); por encima de la amistad o del interés.

Para conseguir todo esto, es imprescindible saber por experiencia que somos hijos del mismo Padre, sentirnos involucrados en la aventura de amor del Hijo, y sentir la fuerza unitiva del Espíritu Santo. La verdadera fraternidad franciscana nace y se alimenta de la experiencia de la vida trinitaria, y es proporcional a la profundidad de dicha experiencia.

De lo dicho se deduce la prioridad que se ha de dar a la escucha filial y orante de la Palabra de Dios, que nos revela siempre a un Dios que nos ama y nos llama a amar como él nos ama. ¿Cómo es posible pensar en un compromiso serio en favor de la fraternidad en personas que desertan habitualmente de la escucha atenta de la Palabra que nos injerta en el ambiente divino del ágape? Junto a la escucha diaria de la Palabra hemos de colocar una intensa vida sacramental y la oración para obtener el Espíritu. Sólo el Espíritu Santo es capaz de crear fraternidad; una fraternidad en la que personas «diversas» puedan convivir teniendo «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). Sin el Espíritu Santo la fraternidad se vuelve pura utopía, simple amistad o grupo de intereses. Pero el Espíritu viene cuando somos «unánimes y perseverantes» (cf. Hch 1,14). De ahí la necesidad de una auténtica vida de oración en fraternidad, una vida de oración que no se reduzca a mero cumplimiento de normas o reglamentos, sino que sea a la vez manifestación y alimento de nuestra vida fraterna. El progreso en la vida fraterna en comunidad va de la mano del camino de fe de cada hermano, y del camino de fe de la fraternidad. Si falta la fe como fundamento de la fraternidad, antes o después, ésta desaparecerá, y su lugar lo ocupará o un grupo de amigos o una comunidad de trabajo o un conjunto de individuos unidos mientras pueden satisfacer los propios intereses, y que cuando esto no suceda se convertirá en un «campo de batalla», en el que siempre caerán derrotados los más débiles.

¿Sobre qué bases se sustenta nuestra vida fraterna? ¿Cómo cultivan nuestras fraternidades el ámbito de la fe?

De la actitud del fariseo
a la actitud del publicano

55. La fraternidad es un don y una tarea. Como un don la acogemos con gratitud; como tarea hemos de comprometernos seriamente en su construcción y crecimiento. «La comunidad sin mística no tiene alma, pero sin ascesis no tiene cuerpo. Se necesita "sinergia" entre el don de Dios y el compromiso personal para construir una comunión encarnada, es decir, para dar carne y concreción a la gracia y al don de la comunión fraterna» (VFC 23).

Con gozo hemos de reconocer que entre nosotros son muchos los que trabajan sin descanso por lograr esa "sinergia", pero también considero necesario reconocer que abundan los «consumidores» de fraternidad, aquellos que piensan que todo les es debido. De hecho no es raro constatar que los que más exigen de la fraternidad son, a menudo, los que más la ignoran. Éstos olvidan que la verdadera fraternidad «no existe sin la entrega de cada uno» (VFC 24).

Para participar activamente en la construcción de la vida fraterna en comunidad es imprescindible tener la valentía de reconocer las heridas que los unos causan a los otros. Es necesario vivir la gratitud por lo que se recibe y la humildad por lo que no sabemos dar. Es la actitud del publicano, de quien se cree culpable, y no la del fariseo, de quien se cree justo, la que construye la fraternidad. Es necesario reconocer que la fraternidad ideal no existe, y que nos acercaremos a ella en la medida en que sepamos aprovechar la gracia de las debilidades humanas y estemos dispuestos a restablecer la unidad, siempre que se rompa, al precio de la reconciliación. Será importante recordar que sólo quien tiene conciencia de necesitar el perdón, lo ofrecerá a los demás.

La conciencia de nuestra propia debilidad nos ha de llevar a pedir la corrección fraterna. Ésta es importante para abrirnos los ojos, para objetivar conductas y actitudes y para recordarnos nuestro «propósito», a fin de que, «con paso ligero», sin que nos dejemos envolver «por tiniebla alguna ni amargura», podamos «avanzar con mayor seguridad en el camino de los mandatos del Señor» (2CtaCl 11-15).

Reconocer lo que se recibe y ser conscientes de las propias debilidades es fundamental a la hora de echar los cimientos de una auténtica vida fraterna en comunidad, y son actitudes que se han de inculcar desde los comienzos de la formación y se han de cultivar en cualquier etapa de la vida.

¿Cómo formamos y nos formamos para adquirir estas actitudes? ¿Qué otros medios se podrían señalar en la construcción de la vida fraterna en comunidad?

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Published by Angel de Dios
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