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18 julio 2012 3 18 /07 /julio /2012 16:59
Autor: P Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net
Los frutos aquí abajo y el cielo, allá arriba.
 


INTRODUCCIÓN

Llegamos al último capítulo. ¿Qué ganamos con la santidad, con el esfuerzo por ser santos? Las cosas se pueden hacer por fines muy diversos. En una ocasión alguien preguntó a tres picapedreros, ocupados en la construcción de una catedral, que están haciendo. Uno dice: “pico piedra”. Otro contesta: “Me gano el pan”. Y el tercero responde: “construyo una catedral”. La respuesta plena sería: “Edifico esta catedral para gloria de Dios y para santificación mía y de mis hermanos”.

Los latinos decían: “Mira el fin”. Al caminar es preciso no perder nunca de vista la meta, el fin. Mirando el fin se acrecientan las fuerzas y se asegura la prudencia de los medios que se van poniendo.

La meta de nuestro trabajo en la santidad tiene que ser la gloria de Dios y la salvación propia y la de los demás en el cielo.

I. FRUTOS AQUÍ EN LA TIERRA

1. En mis relaciones con Dios:

Desarrollo de la vida de gracia y de la presencia de Dios.
La vida de oración profunda
Amor filial y delicado a la Santísima Virgen María
Amor personal a la Iglesia y al Papa

2. En el testimonio de vida familiar

En los esposos: amor y respeto mutuo, procreación y educación cristiana de los hijos. Así glorifican a Dios y están labrándose ya el cielo.
En los hijos: estima, respeto, amor filial, obediencia a los padres

3. En el propio trabajo

Honestidad, interés, profesionalidad.

4. En la vida pública

Búsqueda del bien común.
Defensa y promoción de los valores humanos y cristianos.

5. En los apostolados emprendidos

Salvación de las almas.

II. EL FRUTO DE LOS FRUTOS: “El Cielo”

1. “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado par los que le aman” ((1 Cor 2, 9). El amor y la felicidad en el cielo superan por completo nuestra imaginación, y exceden totalmente las ansias de felicidad del hombre.

El fin último del hombre es contemplar cara a cara a Dios en toda su gloria, y estar unidos a Él en un amor eterno. Esta es la mayor felicidad en el cielo. El Señor nos dice (Mt 22, 30 ss) cómo la vida de los bienaventurados está alejada de toda posible inquietud: no sufren el temor de perder a Dios, ni desean algo distinto. No es un sucederse de cosas iguales, sino que este “Bien que satisface siempre, producirá en nosotros un gozo siempre nuevo” (San Agustín, Sermón 362). Esta bienaventuranza es el sumo bien que aquieta y satisface plenamente todos los deseos y aspiraciones del hombre.

Los bienaventurados contemplan a Jesucristo, Dios y hombre verdadero, en compañía de la Virgen, de los ángeles y de los santos. Están libres de todo mal y son completamente felices. En el cielo encuentran de nuevo a sus parientes y amigos que se durmieron en el Señor.

2. En el Nuevo Testamento se presenta el cielo como un premio eterno que han de recibir los que permanezcan en Cristo y han hecho obras buenas de caridad y misericordia. Los gozos del cielo no son iguales para todos los bienaventurados, sino que corresponden al diverso grado de mérito alcanzado aquí en la tierra con la caridad (Concilio Florentino y concilio de Trento): “Cada uno recibirá su recompensa conforme a su trabajo” (1 Cor 3, 8). Quien en la tierra hay amado más a Dios y le haya servido con más fidelidad, se verá correspondido en el cielo por el amor de Dios en mayor abundancia: “El que escaso siembra, escaso cosecha; el que siembra con largueza, con largueza cosechará” (2 Cor 9, 6).

3. La felicidad celestial será tan inmensa que no guarda proporción con los sufrimientos de esta vida, pues, “nuestras penalidades momentáneas y ligeras nos producen una riqueza eterna, una gloria que las sobrepasa desmesuradamente” (2 Cor 4, 17; Rm 8, 18). Mientras que los bienes sensibles nos cansan cuando los poseemos, los bienes espirituales, al contrario, los amamos más cuanto más los poseemos; porque éstos no se gastan ni se agotan, y son capaces de producir en nosotros una alegría siempre nueva...Es como si Dios penetrase cada vez más profundamente en nuestra voluntad. Será una juventud siempre joven, una lozanía siempre nueva. No habrá incompatibilidades ni contradicciones: “No padecerás allí límites ni estrecheces al poseer todo; tendrás todo, y tu hermano también tendrá todo...” (San Agustín).

4. Diversas imágenes del cielo: un banquete de bodas (Mt 22, 1-14); la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén donde no habrá llanto, trabajo, dolor y muerte.

5. Nuestra personalidad seguirá siendo la misma; y nuestro cuerpo seguirá siendo el mismo que el de ahora, pero revestido de gloria y esplendor. Porque, al morir, “el cuerpo, a manera de una semilla, es puesto en la tierra en estado de corrupción y resucitará incorruptible; es puesto en la tierra todo disforme y resucitará glorioso; es puesto en la tierra privado de todo movimiento y resucitará lleno de vigor; es puesto en la tierra un cuerpo animal y resucitará un cuerpo espiritual...Los muertos, pues, resucitarán en un estado incorruptible, y nosotros seremos inmutados. Porque es necesario que este cuerpo corruptible sea revestido de incorruptibilidad, y que este cuerpo mortal sea revestido de inmortalidad” (1 Cor 15, 35-44). Nuestros cuerpos en el cielo tendrán, por tanto, características diferentes, pero seguirán siendo cuerpos y ocuparán un lugar, como ahora el Cuerpo glorioso de Cristo y el de la Virgen. No sabemos cómo ni dónde está ese lugar. La tierra de ahora se habrá trasfigurado: habrá “un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y el mar no existía ya. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén descender del cielo por la mano de Dios, compuesta, como una novia engalanada para su esposo. Y oí una voz grande que venía del trono y decía: ved aquí el tabernáculo de Dios entre los hombres, y el Señor morará con ellos; y ellos serán su pueblo y el mismo Dios habitando en medio de ellos será su Dios. Y Dios enjugará de sus ojos todas las lágrimas, y no habrá ya muerte, ni llanto, ni alarido, ni habrá más dolor, porque las cosas de antes son pasadas. Y dijo el que estaba sentado en el solio: he aquí que renuevo todas las cosas” (Apoc 21, 1-7).

Todas estas revelaciones son como llamadas del amor de Dios a los hombres para que luchemos por corresponder a las gracias que Él nos va dando. La esperanza de alcanzar el cielo es buena y necesaria; anima en los momentos más duros a mantenerse firme en la virtud de la fidelidad, porque es muy grande la recompensa que nos aguarda en el cielo (Mt 5, 12).

CONCLUSIÓN

La venida de Señor está cercana (Santiago 5, 8). La creación entera, que gime y sufre ahora con dolores de parto, será asumida en la gloria de los hijos de Dios (Rm 8, 19-23). Vendrá pronto Jesucristo para ser glorificado en sus Santos (2 Tes 1, 10-12), y entonces recibiremos la corona de gloria que no se marchita (1 Pe 5, 4). Cantemos, pues, desde ahora en la Iglesia: “Que su Nombre sea eterno, y su fama dure como el sol. Qu él sea la bendición de todos los pueblos y que lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra. Bendito sea el Señor, Dios de Israel, el único que hace maravillas. Bendito por siempre su Nombre glorioso: que su gloria llene la tierra: ¡Amén, amén!” (Sal 71, 17-19).

Podemos decir que ya podemos anticipar el cielo, si vivimos en el amor y en la paz del Señor aquí en la tierra, amándole a Él y amándonos mutuamente.



INTRODUCCIÓN

Llegamos al último capítulo. ¿Qué ganamos con la santidad, con el esfuerzo por ser santos? Las cosas se pueden hacer por fines muy diversos. En una ocasión alguien preguntó a tres picapedreros, ocupados en la construcción de una catedral, que están haciendo. Uno dice: “pico piedra”. Otro contesta: “Me gano el pan”. Y el tercero responde: “construyo una catedral”. La respuesta plena sería: “Edifico esta catedral para gloria de Dios y para santificación mía y de mis hermanos”.

Los latinos decían: “Mira el fin”. Al caminar es preciso no perder nunca de vista la meta, el fin. Mirando el fin se acrecientan las fuerzas y se asegura la prudencia de los medios que se van poniendo.

La meta de nuestro trabajo en la santidad tiene que ser la gloria de Dios y la salvación propia y la de los demás en el cielo.

I. FRUTOS AQUÍ EN LA TIERRA

1. En mis relaciones con Dios:

Desarrollo de la vida de gracia y de la presencia de Dios.
La vida de oración profunda
Amor filial y delicado a la Santísima Virgen María
Amor personal a la Iglesia y al Papa

2. En el testimonio de vida familiar

En los esposos: amor y respeto mutuo, procreación y educación cristiana de los hijos. Así glorifican a Dios y están labrándose ya el cielo.
En los hijos: estima, respeto, amor filial, obediencia a los padres

3. En el propio trabajo

Honestidad, interés, profesionalidad.

4. En la vida pública

Búsqueda del bien común.
Defensa y promoción de los valores humanos y cristianos.

5. En los apostolados emprendidos

Salvación de las almas.

II. EL FRUTO DE LOS FRUTOS: “El Cielo”

1. “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado par los que le aman” ((1 Cor 2, 9). El amor y la felicidad en el cielo superan por completo nuestra imaginación, y exceden totalmente las ansias de felicidad del hombre.

El fin último del hombre es contemplar cara a cara a Dios en toda su gloria, y estar unidos a Él en un amor eterno. Esta es la mayor felicidad en el cielo. El Señor nos dice (Mt 22, 30 ss) cómo la vida de los bienaventurados está alejada de toda posible inquietud: no sufren el temor de perder a Dios, ni desean algo distinto. No es un sucederse de cosas iguales, sino que este “Bien que satisface siempre, producirá en nosotros un gozo siempre nuevo” (San Agustín, Sermón 362). Esta bienaventuranza es el sumo bien que aquieta y satisface plenamente todos los deseos y aspiraciones del hombre.

Los bienaventurados contemplan a Jesucristo, Dios y hombre verdadero, en compañía de la Virgen, de los ángeles y de los santos. Están libres de todo mal y son completamente felices. En el cielo encuentran de nuevo a sus parientes y amigos que se durmieron en el Señor.

2. En el Nuevo Testamento se presenta el cielo como un premio eterno que han de recibir los que permanezcan en Cristo y han hecho obras buenas de caridad y misericordia. Los gozos del cielo no son iguales para todos los bienaventurados, sino que corresponden al diverso grado de mérito alcanzado aquí en la tierra con la caridad (Concilio Florentino y concilio de Trento): “Cada uno recibirá su recompensa conforme a su trabajo” (1 Cor 3, 8). Quien en la tierra hay amado más a Dios y le haya servido con más fidelidad, se verá correspondido en el cielo por el amor de Dios en mayor abundancia: “El que escaso siembra, escaso cosecha; el que siembra con largueza, con largueza cosechará” (2 Cor 9, 6).

3. La felicidad celestial será tan inmensa que no guarda proporción con los sufrimientos de esta vida, pues, “nuestras penalidades momentáneas y ligeras nos producen una riqueza eterna, una gloria que las sobrepasa desmesuradamente” (2 Cor 4, 17; Rm 8, 18). Mientras que los bienes sensibles nos cansan cuando los poseemos, los bienes espirituales, al contrario, los amamos más cuanto más los poseemos; porque éstos no se gastan ni se agotan, y son capaces de producir en nosotros una alegría siempre nueva...Es como si Dios penetrase cada vez más profundamente en nuestra voluntad. Será una juventud siempre joven, una lozanía siempre nueva. No habrá incompatibilidades ni contradicciones: “No padecerás allí límites ni estrecheces al poseer todo; tendrás todo, y tu hermano también tendrá todo...” (San Agustín).

4. Diversas imágenes del cielo: un banquete de bodas (Mt 22, 1-14); la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén donde no habrá llanto, trabajo, dolor y muerte.

5. Nuestra personalidad seguirá siendo la misma; y nuestro cuerpo seguirá siendo el mismo que el de ahora, pero revestido de gloria y esplendor. Porque, al morir, “el cuerpo, a manera de una semilla, es puesto en la tierra en estado de corrupción y resucitará incorruptible; es puesto en la tierra todo disforme y resucitará glorioso; es puesto en la tierra privado de todo movimiento y resucitará lleno de vigor; es puesto en la tierra un cuerpo animal y resucitará un cuerpo espiritual...Los muertos, pues, resucitarán en un estado incorruptible, y nosotros seremos inmutados. Porque es necesario que este cuerpo corruptible sea revestido de incorruptibilidad, y que este cuerpo mortal sea revestido de inmortalidad” (1 Cor 15, 35-44). Nuestros cuerpos en el cielo tendrán, por tanto, características diferentes, pero seguirán siendo cuerpos y ocuparán un lugar, como ahora el Cuerpo glorioso de Cristo y el de la Virgen. No sabemos cómo ni dónde está ese lugar. La tierra de ahora se habrá trasfigurado: habrá “un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y el mar no existía ya. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén descender del cielo por la mano de Dios, compuesta, como una novia engalanada para su esposo. Y oí una voz grande que venía del trono y decía: ved aquí el tabernáculo de Dios entre los hombres, y el Señor morará con ellos; y ellos serán su pueblo y el mismo Dios habitando en medio de ellos será su Dios. Y Dios enjugará de sus ojos todas las lágrimas, y no habrá ya muerte, ni llanto, ni alarido, ni habrá más dolor, porque las cosas de antes son pasadas. Y dijo el que estaba sentado en el solio: he aquí que renuevo todas las cosas” (Apoc 21, 1-7).

Todas estas revelaciones son como llamadas del amor de Dios a los hombres para que luchemos por corresponder a las gracias que Él nos va dando. La esperanza de alcanzar el cielo es buena y necesaria; anima en los momentos más duros a mantenerse firme en la virtud de la fidelidad, porque es muy grande la recompensa que nos aguarda en el cielo (Mt 5, 12).

CONCLUSIÓN

La venida de Señor está cercana (Santiago 5, 8). La creación entera, que gime y sufre ahora con dolores de parto, será asumida en la gloria de los hijos de Dios (Rm 8, 19-23). Vendrá pronto Jesucristo para ser glorificado en sus Santos (2 Tes 1, 10-12), y entonces recibiremos la corona de gloria que no se marchita (1 Pe 5, 4). Cantemos, pues, desde ahora en la Iglesia: “Que su Nombre sea eterno, y su fama dure como el sol. Qu él sea la bendición de todos los pueblos y que lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra. Bendito sea el Señor, Dios de Israel, el único que hace maravillas. Bendito por siempre su Nombre glorioso: que su gloria llene la tierra: ¡Amén, amén!” (Sal 71, 17-19).

Podemos decir que ya podemos anticipar el cielo, si vivimos en el amor y en la paz del Señor aquí en la tierra, amándole a Él y amándonos mutuamente.

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Published by Angel de Dios
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